NUEVO ASESOR DE RENOVACIÓN CARISMÁTICA DIÓCESIS
LOMAS DE ZAMORA
"PADRE JOSÉ LUÍS
GERGOLET "
MUCHAS BENDICIONES PARA ESTE MINISTERIO
DIOCESANO
REFLEXIONES SOBRE LA SANACION
Hablar de milagros, ¿es estafar a la gente?
Resumen
La
pastoral de la Iglesia católica no tuvo muy en
cuenta a los milagros salvo como experiencias raras
difíciles de constatar. Hoy en día las cosas están
cambiando, sobre todo en el ámbito de la renovación
carismática. Frente a ello hay ciertas voces que se
resisten. En este artículo vemos la génesis de una
ideología (la hipoteca) que tiende a negar los
milagros y considerar “estafa” hablar de ellos. Se
termina con una propuesta/ensayo que intenta brindar
carta de ciudadanía en la pastoral católica al tema
de los milagros.
Todo comenzó con una anécdota…
Estábamos en el living de la casa parroquial. Yo me
sentía incómodo y creo que él también. No habíamos
tenido una relación muy estrecha en los últimos
años. Me refiero a eso de no saber de qué hablar.
Luego de las quejas de oficio, propias de muchas
conversaciones de curas, (hay menos gente en la
misa, nuestra población litúrgica envejece, y otras
pálidas del género), se me ocurrió mencionar, como
signo de esperanza del cristianismo, el crecimiento
de algunas iglesias evangélicas -no me iba a poner
tan pronto la camiseta de carismático. Pero ¿para
qué habré tocado el tema? Justamente para pasar un
mal rato. ¡Pero también para escribir estas
reflexiones!
Pues pasé un mal rato. En ese momento me quedé sin
palabras. Dijo algo así como que esas iglesias
estaban creciendo porque estafaban a la gente
prometiéndole cosas que nosotros, de ninguna manera,
les podemos prometer. Cuando hablaba de esas
promesas se refería, sobre todo, al don de la salud.
Eso de que Cristo sana. ¿Viste?
Claro, me quedé sin palabras porque yo también había
pensado así en otras etapas de mi vida. Es más, creo
que es un pensamiento bastante extendido en el
clero. Con ese pensamiento se justificó la ausencia
de Dios en la vida corriente. Se intentó explicar
porqué antes había habido milagros y ahora no. Es
supuestamente un pensamiento que se amolda a la
realidad pero, ¿promueve la fe? Es una perspectiva
que al establecer sólo para casos extraordinarios
las curaciones milagrosas tiende a poner un límite a
la obra de Dios en la gente corriente, en la que
tiene problemas concretos, tal vez no
extraordinarios, pero que se aflige por ello…
Entonces, ¡bendito silencio que me llevó a pensar
una respuesta más matizada y menos problematizada!
La historia de una hipoteca
Más allá de cuál sea tu idea, los
relatos bíblicos y particularmente los de los
evangelios refieren muchas curaciones milagrosas.
Durante siglos esto causó problemas: ¿por qué antes
sí y ahora no? That is the question. Tal vez
el error de esta pregunta sea la supuesta afirmación
de que ahora no. Suena más a certeza habitual que a
verdad probada. He aquí algunas tesis que justifican
esa “ausencia” de milagros en la Iglesia actual:
·
Los milagros son muy raros.
·
No son necesarios.
·
La experiencia cristiana pasa por otro lado.
·
Tenerlos en cuenta es un signo de inmadurez
cristiana.
·
Acercarse a Dios para ser sanado es señal de interés
mezquino.
·
La gente que se preocupa por la sanación no está
bien de la cabeza, son gente que tiene “problemas”.
·
Quien se preocupa por los milagros es un inmaduro en
la fe. Etc. Etc.
Voy a llamar a este tipo de pensamiento
parte de la hipoteca ideológica que obstaculizó la
fe y la bendición. No tanto porque Dios haya dejado
de dar cuanto que nosotros nos hemos cerrado a
recibir.
La historia de esa hipoteca es vieja. Señalo algunos
hitos, tal vez los más importantes. Primero en el Medioevo se creía que Dios había hecho milagros
en el pasado pero que, una vez que la Iglesia estaba
establecida, con sus sacramentos y su organización
jerárquica, ya no hacían falta los milagros para la
fe. Comienza así la convicción del ya no. O al
menos, de que eso que llamamos milagro es raro, muy
raro. Sólo verificable en casos extrañísimos de
descollante santidad.
Merecería aquí un breve paréntesis la ideología del
desprecio del cuerpo. Venida de los antiguos griegos
había pasado a formar parte de un sentir sobre la
vida humana. El cuerpo, la materia, era lo opuesto
al espíritu, el alma. Era el signo de lo animal. No
había que cuidarlo tanto. Lo más importante era lo
otro. En base a esto se entendieron y explicaron
muchas páginas evangélicas, sobre todo las referidas
a la cruz. La enfermedad era la cruz que había que
asumir como parte del seguimiento de Cristo. En este
contexto, pedir la salud, incluso milagrosamente,
podía caer bajo sospecha de, si no infidelidad, al
menos imperfección. Esto también es parte de la
hipoteca.
En la
Edad Moderna se da un paso más. Me
refiero al racionalismo que, al intentar explicarlo
todo “racionalmente”, tiende a vaciar de contenido
sobrenatural incluso el relato original de la Biblia
en el que se admitía la existencia del milagro. Son
interesantísimos, por ejemplo, los gambeteos
explicativos de algunos teólogos hijos del
racionalismo, que, con tal de volver plausible la
propuesta cristiana a una comunidad que la comienza
a ver como ajena o pasada de moda, no vacilan en
pontificar suposiciones: no hubo transfiguración
sino ilusión óptica por el sol y la nieve; Jesús no
caminó sobre las aguas, la densa niebla del amanecer
hizo que así lo supusieran; Jesús no resucitó sino
se despertó por el frío de la roca en su espalda de
un estado catatónico… En suma, los relatos
milagrosos serían explicaciones arcaicas,
ciertamente bien intencionadas pero carentes de
rigor científico.
Variante de la misma época, pero hija del
positivismo y del historicismo, es la negación de la
historicidad de estos relatos. El principio en juego
sería que, como no se puede demostrar empíricamente
si sucedió o no lo relatado en la escena bíblica,
hay que negarlo reduciéndolo a literatura
fantástica. Durante décadas reinó un escepticismo
radical. Y el que creyera en aquello podía ser
tachado de fundamentalista.
A lo sumo –y lo señalo no porque esté mal, sino
porque en medio de tanta sombra fue una luz– se
admitía que estos relatos hablaban de una
experiencia humana de sanación interior. Dato
ciertamente no desdeñable y coherente con una visión
amplia de la obra de la gracia. ¿Pero esta
“espiritualización”no era acaso una reducción?
Tenemos, entonces, una hipoteca medieval, el “antes
sí y el ahora no” aumentada sobre todo en círculos
cultos, entre ellos el clero, por una hipoteca
moderna, “ni antes, ni ahora”.
Esto anduvo varias décadas. Y permitió entender el
evangelio de otro modo. Abrió puertas. Hasta que
Dios abrió más puertas a través de la experiencia de
la renovación en el Espíritu Santo, el nuevo
Pentecostés que se expande en la comunidad católica,
amén de otras iglesias y comunidades eclesiales.
Pues bien, todo parece indicar que Dios está
haciendo milagros de nuevo. Son tan numerosos los
testimonios que sería imposible referirlos. Además
de inútil.
La paradoja de habernos comido muchas páginas del
evangelio
En mi experiencia espiritual en la Renovación
carismática también se da un proceso. Yo antes
también negaba los milagros. Mi mente estaba
hipotecada para verlos. Era mejor explicarlo todo
racionalmente. Recuerdo haber visto uno asombroso,
la curación de un paralítico, en una asamblea de
evangelización dirigida por el P. Darío Betancourt,
y no rendirme ante la evidencia. Mi admiración por
el P. Darío me cohibía pensar que la cosa estuviese
arreglada (¡claro que lo había sospechado de algunos
“pastorsuchos exagerados”!), pero, ¿y si no estaba
enfermo de parálisis, o algo por el estilo? Yo
estaba lejos en la tribuna, mirando desde afuera
entre la multitud, como para que pudiera acercarme a
verificar el milagro. Pero tampoco lo hice después.
¿Habré tenido miedo de encontrarme con que era
realmente verdad lo que había visto?
Yo ahí era hijo de la hipoteca medieval (ahora no) y
de la moderna (antes tampoco).
Pero cuando la fuerza y la contundencia de la
evidencia comienzan a imponerse, el paradigma
explicativo comienza a cabildear. Y le doy gracias a
Dios por haberme liberado de mis ideas viejas. Por
haberme ayudado a dejar atrás un paradigma que me
quedaba chico ante la luminosidad de su acción.
De repente, lo que veía en el pasado bíblico,
comenzaba a realizarse en mi presente. Podría haber
recurrido a muchas palabras para explicarlo y
narrarlo. Pero la narración bíblica, simple y
sencilla, aparecía ante mis ojos como la más
adecuada. No aguaba la experiencia con buenas
razones. Sino estaba puesta al servicio de la misma.
Una imagen sobre el valor de la Biblia, aprendida en
otro contexto, adquiría aquí una nueva e inusitada
fuerza: la Biblia era un espejo de la obra de
Dios. Y yo añadiría, era también un lenguaje
adecuado para decir a Dios y referir/narrar su obra
en el hoy de la historia y de la Iglesia. ¡Qué hay
más sencillo que decir: “El Señor me sanó”! El
lenguaje de las causas segundas provee de eruditas
explicaciones que en algún momento pudieron ayudar a
creer pero que a veces, al volverse unilateral,
opacó la acción divina de la gracia.
La hipoteca medieval y moderna nos silenció muchas
páginas evangélicas y bíblicas. De repente la
experiencia nos muestra de modo diferente esas
páginas, nos obliga a releerlas no sólo como
estampas de la acción espiritual de Dios en las
almas sino como realidad empírica, como acción
divina en la historia. ¿Estoy diciendo una novedad
al reconocer que el ministerio taumatúrgico de Jesús
y los apóstoles fue enorme y grandioso? ¿O
simplemente estoy poniendo en un primer plano algo
que el Evangelio pone en un primer plano?
Las palabras ‘milagro’, ‘sanación’, ‘liberación’y
otras comienzan a formar parte de la pastoral. Hay
un principio que tiende negar la existencia de lo
que no se habla. Veía hace unos días una película
sobre física cuántica en donde se contaba que los
chamanes del Caribe, al no tener el concepto de
carabela, estaban incapacitados de verlas venir a
ellos. Fueron capaces de descubrirlas por el oleaje
diferente del mar, al que sí estaban habituados,
para el que sí tenían palabras. En ese sentido: en
ciertas iglesias pentecostales se habla de milagros
y se prometen milagros. ¿Están estafando a la gente
con promesas falsas? ¿O están creyendo en la
presencia viva de Dios que ciertamente quiere hacer
el bien a su Pueblo también hoy? Y la están
hablando. Si dejáramos por un rato de centrarnos en
los “peligros” de esa pastoral para verla abrir
puertas, ventanas, caminos, senderos, a la acción de
Dios y de la gracia en la gente, tal vez nos
abriríamos también puertas a nosotros mismos y a
nuestra Iglesia para un nuevo entusiasmo, una nueva
credibilidad, una nueva expansión. ¿O puedo creer
que Dios no la quiera sin blasfemar a su amorosa
voluntad? Por eso pensaba que no hablar de milagros
tal vez sea estafar a Dios.
P. José Luis Gergolet
Asesor Diocesano de Lomas de Zamora (Argentina)