Diócesis de Lomas de Zamora - Buenos Aires  - Argentina

info@rcclomasdezamora.com.ar


 

NUEVO ASESOR DE RENOVACIÓN CARISMÁTICA DIÓCESIS

LOMAS DE ZAMORA

"PADRE JOSÉ LUÍS GERGOLET "

MUCHAS BENDICIONES PARA ESTE MINISTERIO DIOCESANO

REFLEXIONES SOBRE LA SANACION

Hablar de milagros, ¿es estafar a la gente?

Resumen

      La pastoral de la Iglesia católica no tuvo muy en cuenta a los milagros salvo como experiencias raras difíciles de constatar. Hoy en día las cosas están cambiando, sobre todo en el ámbito de la renovación carismática. Frente a ello hay ciertas voces que se resisten. En este artículo vemos la génesis de una ideología (la hipoteca) que tiende a negar los milagros y considerar “estafa” hablar de ellos. Se termina con una propuesta/ensayo que intenta brindar carta de ciudadanía en la pastoral católica al tema de los milagros. 

 Todo comenzó con una anécdota…

Estábamos en el living de la casa parroquial. Yo me sentía incómodo y creo que él también. No habíamos tenido una relación muy estrecha en los últimos años. Me refiero a eso de no saber de qué hablar. Luego de las quejas de oficio, propias de muchas conversaciones de curas, (hay menos gente en la misa, nuestra población litúrgica envejece, y otras pálidas del género), se me ocurrió mencionar, como signo de esperanza del cristianismo, el crecimiento de algunas iglesias evangélicas -no me iba a poner tan pronto la camiseta de carismático. Pero ¿para qué habré tocado el tema? Justamente para pasar un mal rato. ¡Pero también para escribir estas reflexiones!

Pues pasé un mal rato. En ese momento me quedé sin palabras. Dijo algo así como que esas iglesias estaban creciendo porque estafaban a la gente prometiéndole cosas que nosotros, de ninguna manera, les podemos prometer. Cuando hablaba de esas promesas se refería, sobre todo, al don de la salud. Eso de que Cristo sana. ¿Viste?

Claro, me quedé sin palabras porque yo también había pensado así en otras etapas de mi vida. Es más, creo que es un pensamiento bastante extendido en el clero. Con ese pensamiento se justificó la ausencia de Dios en la vida corriente. Se intentó explicar porqué antes había habido milagros y ahora no. Es supuestamente un pensamiento que se amolda a la realidad pero, ¿promueve la fe? Es una perspectiva que al establecer sólo para casos extraordinarios las curaciones milagrosas tiende a poner un límite a la obra de Dios en la gente corriente, en la que tiene problemas concretos, tal vez no extraordinarios, pero que se aflige por ello…

Entonces, ¡bendito silencio que me llevó a pensar una respuesta más matizada y menos problematizada!

La historia de una hipoteca

            Más allá de cuál sea tu idea, los relatos bíblicos y particularmente los de los evangelios refieren muchas curaciones milagrosas. Durante siglos esto causó problemas: ¿por qué antes sí y ahora no? That is the question. Tal vez el error de esta pregunta sea la supuesta afirmación de que ahora no. Suena más a certeza  habitual que a verdad probada. He aquí algunas tesis que justifican esa “ausencia” de milagros en la Iglesia actual:

·        Los milagros son muy raros.

·        No son necesarios.

·        La experiencia cristiana pasa por otro lado.

·        Tenerlos en cuenta es un signo de inmadurez cristiana.

·        Acercarse a Dios para ser sanado es señal de interés mezquino.

·        La gente que se preocupa por la sanación no está bien de la cabeza, son gente que tiene “problemas”.

·        Quien se preocupa por los milagros es un inmaduro en la fe. Etc. Etc.

            Voy a llamar a este tipo de pensamiento parte de la hipoteca ideológica que obstaculizó la fe y la bendición. No tanto porque Dios haya dejado de dar cuanto que nosotros nos hemos cerrado a recibir.

La historia de esa hipoteca es vieja. Señalo algunos hitos, tal vez los más importantes. Primero en el Medioevo se creía que Dios había hecho milagros en el pasado pero que, una vez que la Iglesia estaba establecida, con sus sacramentos y su organización jerárquica, ya no hacían falta los milagros para la fe. Comienza así la convicción del ya no. O al menos, de que eso que llamamos milagro es raro, muy raro. Sólo verificable en casos extrañísimos de descollante santidad.

Merecería aquí un breve paréntesis la ideología del desprecio del cuerpo. Venida de los antiguos griegos había pasado a formar parte de un sentir sobre la vida humana. El cuerpo, la materia, era lo opuesto al espíritu, el alma. Era el signo de lo animal. No había que cuidarlo tanto. Lo más importante era lo otro. En base a esto se entendieron y explicaron muchas páginas evangélicas, sobre todo las referidas a la cruz. La enfermedad era la cruz que había que asumir como parte del seguimiento de Cristo. En este contexto, pedir la salud, incluso milagrosamente, podía caer bajo sospecha de, si no infidelidad, al menos imperfección. Esto también es parte de la hipoteca.

En la Edad Moderna se da un paso más. Me refiero al racionalismo que, al intentar explicarlo todo “racionalmente”, tiende a vaciar de contenido sobrenatural incluso el relato original de la Biblia en el que se admitía la existencia del milagro. Son interesantísimos, por ejemplo, los gambeteos explicativos de algunos teólogos hijos del racionalismo, que, con tal de volver plausible la propuesta cristiana a una comunidad que la comienza a ver como ajena o pasada de moda, no vacilan en pontificar suposiciones: no hubo transfiguración sino ilusión óptica por el sol y la nieve; Jesús no caminó sobre las aguas, la densa niebla del amanecer hizo que así lo supusieran; Jesús no resucitó sino se despertó por el frío de la roca en su espalda de un estado catatónico… En suma, los relatos milagrosos serían explicaciones arcaicas, ciertamente bien intencionadas pero carentes de rigor científico.

Variante de la misma época, pero hija del positivismo y del historicismo, es la negación de la historicidad de estos relatos. El principio en juego sería que, como no se puede demostrar empíricamente si sucedió o no lo relatado en la escena bíblica, hay que negarlo reduciéndolo a literatura fantástica. Durante décadas reinó un escepticismo radical. Y el que creyera en aquello podía ser tachado de fundamentalista.

A lo sumo –y lo señalo no porque esté mal, sino porque en medio de tanta sombra fue una luz– se admitía que estos relatos hablaban de una experiencia humana de sanación interior. Dato ciertamente no desdeñable y coherente con una visión amplia de la obra de la gracia. ¿Pero esta “espiritualización”no era acaso una reducción?

Tenemos, entonces, una hipoteca medieval, el “antes sí y el ahora no” aumentada sobre todo en círculos cultos, entre ellos el clero, por una hipoteca moderna, “ni antes, ni ahora”.

Esto anduvo varias décadas. Y permitió entender el evangelio de otro modo. Abrió puertas. Hasta que Dios abrió más puertas a través de la experiencia de la renovación en el Espíritu Santo, el nuevo Pentecostés que se expande en la comunidad católica, amén de otras iglesias y comunidades eclesiales.

Pues bien, todo parece indicar que Dios está haciendo milagros de nuevo. Son tan numerosos los testimonios que sería imposible referirlos. Además de inútil.

La paradoja de habernos comido muchas páginas del evangelio

En mi experiencia espiritual en la Renovación carismática también se da un proceso. Yo antes también negaba los milagros. Mi mente estaba hipotecada para verlos. Era mejor explicarlo todo racionalmente. Recuerdo haber visto uno asombroso, la curación de un paralítico, en una asamblea de evangelización dirigida por el P. Darío Betancourt, y no rendirme ante la evidencia. Mi admiración por el P. Darío me cohibía pensar que la cosa estuviese arreglada (¡claro que lo había sospechado de algunos “pastorsuchos exagerados”!), pero, ¿y si no estaba enfermo de parálisis, o algo por el estilo? Yo estaba lejos en la tribuna, mirando desde afuera entre la multitud, como para que pudiera acercarme a verificar el milagro. Pero tampoco lo hice después. ¿Habré tenido miedo de encontrarme con que era realmente verdad lo que había visto?

Yo ahí era hijo de la hipoteca medieval (ahora no) y de la moderna (antes tampoco).

Pero cuando la fuerza y la contundencia de la evidencia comienzan a imponerse, el paradigma explicativo comienza a cabildear. Y le doy gracias a Dios por haberme liberado de mis ideas viejas. Por haberme ayudado a dejar atrás un paradigma que me quedaba chico ante la luminosidad de su acción.

De repente, lo que veía en el pasado bíblico, comenzaba a realizarse en mi presente. Podría haber recurrido a muchas palabras para explicarlo y narrarlo. Pero la narración bíblica, simple y sencilla, aparecía ante mis ojos como la más adecuada. No aguaba la experiencia con buenas razones. Sino estaba puesta al servicio de la misma. Una imagen sobre el valor de la Biblia, aprendida en otro contexto, adquiría aquí una nueva e inusitada fuerza: la Biblia era un espejo de la obra de Dios. Y yo añadiría, era también un lenguaje adecuado para decir a Dios y referir/narrar su obra en el hoy de la historia y de la Iglesia. ¡Qué hay más sencillo que decir: “El Señor me sanó”! El lenguaje de las causas segundas provee de eruditas explicaciones que en algún momento pudieron ayudar a creer pero que a veces, al volverse unilateral, opacó la acción divina de la gracia.

La hipoteca medieval y moderna nos silenció muchas páginas evangélicas y bíblicas. De repente la experiencia nos muestra de modo diferente esas páginas, nos obliga a releerlas no sólo como estampas de la acción espiritual de Dios en las almas sino como realidad empírica, como acción divina en la historia. ¿Estoy diciendo una novedad al reconocer que el ministerio taumatúrgico de Jesús y los apóstoles fue enorme y grandioso? ¿O simplemente estoy poniendo en un primer plano algo que el Evangelio pone en un primer plano?

 Las palabras ‘milagro’, ‘sanación’, ‘liberación’y otras comienzan a formar parte de la pastoral. Hay un principio que tiende negar la existencia de lo que no se habla. Veía hace unos días una película sobre física cuántica en donde se contaba que los chamanes del Caribe, al no tener el concepto de carabela, estaban incapacitados de verlas venir a ellos. Fueron capaces de descubrirlas por el oleaje diferente del mar, al que sí estaban habituados, para el que sí tenían palabras. En ese sentido: en ciertas iglesias pentecostales se habla de milagros y se prometen milagros. ¿Están estafando a la gente con promesas falsas? ¿O están creyendo en la presencia viva de Dios que ciertamente quiere hacer el bien a su Pueblo también hoy? Y la están hablando. Si dejáramos por un rato de centrarnos en los “peligros” de esa pastoral para verla abrir puertas, ventanas, caminos, senderos, a la acción de Dios y de la gracia en la gente, tal vez nos abriríamos también puertas a nosotros mismos y a nuestra Iglesia para un nuevo entusiasmo, una nueva credibilidad, una nueva expansión. ¿O puedo creer que Dios no la quiera sin blasfemar a su amorosa voluntad? Por eso pensaba que no hablar de milagros tal vez sea estafar a Dios.

 

   P. José Luis Gergolet

Asesor Diocesano de Lomas de Zamora (Argentina)

 

 

Volver a la pagina de Inicio
 Novedades | Como Colaborar | Envíenos un mail |
 Web Diseñada para 1024 X 768 - Diciembre de 2005