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Espiritualidad de la Renovación
Reproducimos aquí este capítulo del excelente libro La
Renovación Carismática, escrito por el padre Chus Villarroel,
O.P., y editado por el Servicio de Publicaciones de la RCC (SERECA)
de España; Madrid, 1995.
Decía en cierta ocasión la M. Teresa de
Calcuta a sus monjas: «No penséis que hemos venido a esta
congregación a servir a los enfermos. No, hemos venido para
conocer a Jesucristo. Ése es el fin principal. Ahora bien,
para conocer e identificarnos con Cristo, Dios ha querido
que le sirvamos en los pobres y enfermos. Ésa es nuestra
vocación y ¿se nuestro carisma específico».
El objetivo básico de todo cristiano es
conocer a Jesucristo y de este modo descubrir y vivir la
caridad. Cada uno lo hace por el camino que le señala su
vocación. Lo mismo hay que decir de todo tipo de comunidad
cristiana. Las órdenes religiosas, por ejemplo, las
asociaciones o movimientos cristianos tienen como fin
fundamental entrar en comunión con Jesús. Sin embargo, a
cada uno de ellos el Espíritu le da una vocación o carisma
particular que marca su camino para llegar a Cristo. .¿Cuál
es el carisma de los Dominicos? Entrar en comunión con
Cristo mediante la predicación y el estudio de la Palabra de
Dios. ¿Cuál es el carisma de los Salesianos? Conocer a
Jesucristo sirviéndole en la educación cristiana de la
juventud. En esa vocación se especializan ellos de una
manera plena y a ella dedican todos sus afanes.
La vocación y el carisma cristiano presuponen
la fe en Cristo Jesús. Cada individuo recibe su llamada
específica en un proceso de fe. El Señor para canalizar y
profundizar la entrega de estas personas, haciéndolas más
partícipes de la gracia de Jesucristo, las llama o, mejor
dicho, les regala una determinada vocación y de esa forma se
diversifican las tareas, funciones y ministerios de la
Iglesia.
La llegada de los movimientos
El siglo XX va a ser recordado en la historia
como el siglo de los grandes movimientos cristianos. Otras
épocas han conocido también diversas manifestaciones
similares, pero los del siglo XX parecen señalar la entrada
en una nueva era de la Iglesia. Estos movimientos conservan
la Finalidad básica del afán cristiano que nos lleva a
Jesucristo y enfatizan, por consiguiente, la vivencia de una
fe que crece y se desarrolla en comunidad mediante la
caridad. Se diferencian de las órdenes y congregaciones
religiosas, desde el punto de vista que nos interesa aquí,
en que estos grandes grupos o movimientos están
constituidos, en gran parte, por personas seglares. Este
hecho crea y requiere una dinámica nueva, y presupone una
teología de la perfección muy distinta de la que hubo en
otras épocas.
Todos estos movimientos seglares que han
florecido en el siglo XX han sido constituidos también
alrededor de un carisma o intención fundamental. A veces es
de tendencia contemplativo como el carisma de Taizé,
pueblito francés cerca de Cluny, adonde llegó Roger Schutz y
fundó una comunidad de monjes en 1944 en la que año tras año
se reúnen miles de jóvenes para una búsqueda ecuménica de la
unidad, resaltando básicamente lo que nos une y no lo que
nos separa, como suele él decir a la comunidad. Otras veces
los carismas de estos movimientos vienen definidos por
diversas tendencias de tipo pastoral. Toda esta gran movida
espiritual dentro del cristianismo presupone, como elemento
indeclinable, la fe de los participantes, que va a ser
cultivada, acrecentada y culminada con su pertenencia al
movimiento. A la vez, claro está, ejercen una auténtica
labor de evangelización en personas alejadas por la
irradiación de su vivencia comunitaria, sus trabajos y su
garra testimonial.
Diversidad de movimientos
Los movimientos que nacieron a principios de
siglo están marcados por el estilo y la calidad de fe que se
vivía en aquellos momentos. Algunos de ellos conservan aún
ciertos aspectos que les asemejan, en parte, a las órdenes
religiosas. Con el paso del tiempo han ido evolucionando con
características y estructuras tan novedosas que no están
contempladas en el ordenamiento jurídico de la Iglesia y no
caben en el Derecho canónico, ni siquiera en el último que
ha entrado en vigor en este mismo pontificado de Juan Pablo
II. Hay aquí una novedad de¡ Espíritu, ajena a toda
previsión y programación humana que, poco a poco, irá siendo
asumida por la Iglesia a todos los niveles.
En el primer tercio del siglo XX, con los
albores de la mentalidad de la «Nueva Cristiandad» surgió la
Acción católica, que participaba de su misma intuición
pastoral. Se trataba de prolongar, mediante los laicos, el
apostolado de la jerarquía, buscando conquistar y
evangelizar ambientes hasta entonces muy descuidados por la
Iglesia. El Vaticano II puso en grave crisis a todos los
grupos que participaban de esta perspectiva pastoral.
Actualmente, los que sobreviven, están tratando de
resituarse.
Por aquellos mismos años apareció la Legión
de María, fundada el año 1921 en Dublín por Frank Duff,
funcionario del ministerio de hacienda. El fin es «la
santificación de sus miembros por la oración y por una
cooperación activa en la obra de María». Se dedicará a la
salvación de los más abandonados entre la población. El Opus
Dei de José María Escrivá de Balaguer, nacido a Finales del
mismo decenio es fruto de la misma época y trata de fomentar
en sus miembros la santidad en el mundo a través del trabajo
profesional. Algo más tarde, por los arios cuarenta, fueron
fundadas en Madrid por D. Abundio García Román las
Hermandades del Trabajo, que son una organización apostólica
y social para promocionar el mundo del trabajo.
Más cercanos a nuestros días han visto la luz
otros movimientos de gran influencia social y religiosa que
destacan fuertemente en su labor pastoral y evangelizadora,
al menos en nuestros ambientes latinos. Entre ellos podemos
citar a Los Focolaris, cuyo origen se remonta a 1943. Hijos
de la sensibilidad femenina y de la inspiración espiritual
de Chiara Lubich. Desean vivir el evangelio desde la
perspectiva de la unidad, a la cual quieren llegar por medio
de un amor oblativo que acoge a los demás como son. Comunión
y Liberación, nacido en 1954 por inspiración del sacerdote
Luigi Giussani, es un movimiento italiano, como el anterior,
fundado para insertarse de una manera viva y militante en el
campo estudiantil mediante una vivencia fuerte de Jesucristo
en comunidad. Finalmente los Cursillos de cristiandad
promovidos por Monseñor Hervás, obispo de Mallorca, D.
Eduardo Bonín, D. Sebastián Gallán y un grupo de jóvenes,
nacieron con la intención de formar grupos de cristianos que
fomentaran cristianamente los ambientes. Su origen se
remonta al año 1949 pero han logrado mantener un principio
de actualidad vivo por haber encontrando un amplio hueco
pastoral, prolongando de alguna manera la experiencia de las
Misiones populares. Desarrollan tendencias más abiertas en
la línea de la evangelización. No se dirigen a un público
especializado ni subrayan algún aspecto del mensaje sino que
se acercan mucho a una predicación libre y kerigmática, con
las consiguientes experiencias de conversión e iluminación.
El Camino neocatecumenal
Entre los movimientos surgidos a raíz del
Vaticano II y que recogen, por tanto, en su inspiración
inicial toda la fuerza renovadora de los documentos
conciliares, el más antiguo dentro de la Iglesia Católica es
el de los llamados Neocatecumenales.
Este Camino se inició en Madrid en 1964 entre
los chabolistas de Palomeras altas. Allí Kiko Argüello y
Carmen Hernández fueron llamados por el Señor a vivir su
cristianismo en medio de los pobres. Ellos mismos se vieron
sorprendidos cuando su experiencia y su predicación comenzó
a concretarse en una auténtica síntesis catequética. Tres
fueron las piedras angulares de este edificio espiritual:
una palabra poderosa (kerigma) que se hizo carne en la gente
pobre pero abierta para acogerla; una comunidad que surgió
al conjuro de esta palabra de salvación; y una liturgia en
la que se celebraba todo ello. Este trípode va a ser también
la base del posterior desarrollo de este movimiento
evangelizador y renovador.
Con el paso del tiempo fueron llamados desde
varias parroquias para implantar en ellas el catecumenado
incipiente. Constataron con gran alegría que también en las
parroquias funcionaba el esquema catecumenal que había
surgido entre los pobres. Esta experiencia parroquial ha
marcado su desarrollo posterior. Actualmente tienen como
objetivo insertarse en las parroquias para, a través de
ellas y en comunión con el obispo y el párroco, llevar a
cabo una obra de reevangelización. Conscientes de la fuerza
del Bautismo, pero también de la casi nula eficacia práctica
de dicho sacramento en multitud de cristianos, lo van
actualizando y haciéndolo experiencia a lo largo de un
proceso catecumenal dividido en varias etapas.
Punto de partida
El otro gran movimiento surgido del Vaticano
II es la Renovación carismática. Nació en 1967. Tampoco se
identifica a sí mismo como movimiento y la palabra no le
pega bien cuando trata de autodefinirse. Sin embargo, hay
que ser sencillos y realistas. ¿Es la Renovación un
movimiento? Yo diría: en cuanto al impulso renovador es un
movimiento; en cuanto a los contenidos a renovar no lo es
sino más bien es la Iglesia en movimiento. Lo que la
Renovación trata de renovar es toda la vida cristiana, pero
enfatizando lo más básico que es el propio bautismo y sus
consecuencias más directas.
He oído con frecuencia a muchos superiores
religiosos quejarse de que sus súbditos asistan a los grupos
carismáticos. En algunos conventos de monjas la Renovación
se está viviendo como en catacumbas, de una manera
clandestina y con complejo de persecución. La prohibición de
orar al estilo carismático y de asistir a los grupos, a
veces, es radical. El argumento es el de la doble
pertenencia o doble espiritualidad. «¿No tenemos ya nuestro
carisma, nuestra espiritualidad, nuestro camino propio?»
Podemos conceder que por motivos de
disciplina, de horarios, de ocupaciones no sea factible una
presencia de ciertos religiosos en los grupos carismáticos.
Ese es un problema cuya solución no nos pertenece. Lo que
arguye un desconocimiento hondo del tema, rozando a veces la
frivolidad, es el de la doble espiritualidad. La Renovación
no se pone nunca en contradicción con ningún carisma, porque
su campo de acción es anterior a la división de todos los
carismas. Va a incidir en lo que es común a todo cristiano,
es decir, en el Bautismo y, en general, en el terreno de la
iniciación cristiana.
«Con el agua de la regeneración y la
renovación del Espíritu Santo, es decir, con el Bautismo y
la Eucaristía se ponen los cimientos de la Iglesia» (San
Juan Crisóstomo, catequesis 3, 13-19).
La Renovación carismática va a radicalizar el
proceso de iniciación cristiana hasta el punto de rozar al
propio Bautismo. Todos los ministerios, todos los carismas
que originan las diversas órdenes religiosas, todos los
movimientos que han existido hasta ahora en la Iglesia
presuponen dos cosas: la fe y el Bautismo. La Renovación
carismática, sin embargo, aceptando sin discusión la
teología clásica del Bautismo, invita en línea pastoral a
todos sus miembros a ser rebautizados en el Espíritu, para
que se engendren en ellos auténticos contenidos de fe viva y
operante. El asombro se produce cuando se pueden contar por
decenas de millones las personas que a lo largo y ancho del
mundo pueden testificar que este método funciona y es
tremendamente eficaz. No sólo eso, sino que marca un antes y
un después en la vida espiritual de los que lo reciben.
Ninguna persona que entre en la Renovación persevera más
allá de unos meses si no ha sentido en su propio ser esa
iluminación que es la característica clásica del Bautismo
cristiano. El asombro, como es claro, no se refiere al
método ni al rito, por otra parte sencillísimo, sino al
designio por el que Dios ha querido unir una gracia tan
sorprendente y tan intensa de iluminación a esta sencilla
ceremonia.
El bautismo en el Espíritu
Los discípulos, antes de la muerte de Cristo,
ya eran cristianos, ya habían sido bautizados en agua, ya
eran discípulos de Jesús. Sin embargo, el escándalo de la
pasión les encontró sin fuerzas, sin capacidad de
resistencia y huyeron todos como unos cobardes. Jesús,
después de resucitado, les dice: «No os ausentéis de
Jerusalén. Esperad aquí la promesa del Padre. Recibiréis la
fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y
seréis mis testigos hasta los confines de la tierra» (Hch
1,4-8). A pesar, pues, de estar con Jesús y haber vivido
tres años juntos, los discípulos necesitaron un pentecostés
que los hizo nuevos.
La Renovación recoge estos datos y los hace
actuales. También en el mundo de hoy hay multitud de
personas que siguen a Cristo, que han sido bautizadas y
confirmadas, que se glorían incluso de esa fe, pero que no
se manifiestan en ellas los frutos de ningún pentecostés. Su
vida cristiana es cansina, sin signos, guiada por la razón,
incapaz de testimoniar, sin auténticos dones del Espíritu.
Sin darse cuenta caen en la práctica de una religiosidad
natural que aquieta sus conciencias hasta donde puede, pero
no les produce una relación personal con Cristo ni les da la
«parresía» para confesarle en todo momento y dejar que Él
guíe sus vidas.
La Renovación, por tanto, es un precioso
recinto donde Jesús vuelve a insinuar actualmente a todos
los que le quieran escuchar: descubrid ahí la Promesa del
Padre. Dejad que os inunde el don de Dios. Recibid mi
Espíritu que os iluminará. Por eso, el Señor realiza en ella
esa efusión poderosa, tan sorprendente para todos los que la
han experimentado y que constituye el punto de partida de
toda la espiritualidad de la Renovación.
Es importante estar dentro de la Palabra de
Dios y de la tradición de la Iglesia, pero fuera de esto no
hay que caer en la tentación moderna de teorizar siempre la
experiencia. Al contrario, hay que apurarla hasta el fondo y
dejar que las nuevas vivencias nos inunden. De esta forma se
darán auténticas conversiones, cambios de vida,
florecimiento de carismas. Hoy día se necesita renovar más
la experiencia que el conocimiento. En realidad son las
experiencias nuevas las que conmueven y pueden arrastrar al
mundo.
Pentecostés
La experiencia carismática se inicia con un
pentecostés. Es pentecostal. Pentecostés es una irrupción,
no una siembra. No es el Fin de un catecumenado sino el
principio de un proceso o vida nueva. Estamos acostumbrados
a que la gracia se siembre en lo humano y vaya germinando
poco a poco. Un pentecostés, sin embargo, es sorpresa, es
gratuidad total, es lo inesperado. En él, el Espíritu toma
la iniciativa y, aunque estés en oración, pidiéndolo, te
encuentra desprevenido.
Por eso, la experiencia pentecostal está
abierta a todos: a los pobres, pecadores, impreparados,
despistados, analfabetos y, de una manera especial, a los
niños, es decir, los que no rechazan la presencia del Señor.
Muchas de las personas que acceden «por casualidad», a los
grupos antes de conocer la doctrina cristiana, antes de un
comportamiento moral, sin haber practicado nunca los
sacramentos ni conocido la Iglesia se encuentran invadidos
por una experiencia religiosa. ¿Qué es esto? ¿Qué me pasa?
se preguntan. Es el Espíritu que viene a los pobres y quiere
reconstruir en ellos un largo camino. Desde esa experiencia
descubrirán a Jesús, la fraternidad, la oración y la
Eucaristía. Los pobres hoy, para llegar a Jesús, se
encuentran con demasiadas doctrinas, documentos,
reflexiones, teologías, puntos de vista sobre la persona de
Jesús, sin poder descubrir a Jesús en persona. Se ahogan en
esa maraña. Si escapan de esos lazos les esperan multitud de
ritos, de liturgias, de ceremonias, bajo los cuales tampoco
vislumbran la fraternidad. Y si se sortea todo esto, se
puede encontrar uno con un entramado de burocracia, de
papeleo y de oficialidad donde se hace difícil descubrir la
caridad.
El Espíritu lo quiere hacer todo mucho más
sencillo. Por eso se Inicia con una experiencia religiosa
que se expresa básicamente con una palabra: amor. Dios me
ama. Esta es la vivencia básica del cristianismo. Si eso no
existe sobra todo lo demás. Ahí uno descubre que Dios no se
ha separado de los pobres, que puede haber un pentecostés
para los drogatas, para los sidotas, para los chorizos y
camellos y para todos los impreparados. A estas personas les
es difícil descubrir a Jesús desde la teología actual, desde
el lenguaje y el rito oficial. Por ello Jesús, corno en
Palestina, se les hace el encontradizo por las cercas, los
setos y arrabales. El Espíritu ha venido en ayuda de la
nueva evangelización. Cuando se está a punto de perder el
enganche espiritual con los pobres sucede el vuelco. Los
pobres son de nuevo evangelizados. Los últimos se colocan
los primeros.
Jesús vive
Para entender en profundidad el evangelio
debería empezar a leerse siempre desde los capítulos que
habían de la resurrección de Jesús. Si a Cristo no se le
vive y se le entiende resucitado el resto del evangelio
sirve para poco. Jesús sería un hombre interesante, pero no
nuestro salvador. Aún más: el evangelio tomado desde otra
perspectiva nos haría daño por inhumano. Sus exigencias
serían destructoras, dada la debilidad natural del hombre. «Occideret»
es la palabra que usa Tomás de Aquino. La letra del
evangelio nos mataría.
La espiritualidad de la Renovación enfatiza
fuertemente la vivencia de un Jesús vivo y resucitado. No
precisamente como una frase teórica sino como una
experiencia personal y comunitaria. La fuerte experiencia
religiosa pentecostal que se recibe con el «bautismo en el
Espíritu» hace referencia inmediata a Jesús el resucitado
que mediante su Espíritu nos ha tocado. Con ello se produce
la alegría de la Pascua de resurrección. De un solo golpe se
descubren dos cosas fundamentales: la fe y su contenido
básico. Esta alegría impregna todas las manifestaciones de
un grupo carismático.
La gratuidad es total en esta experiencia. En
efecto, la adhesión a Jesús, en este caso, no es un acto
natural, sino efecto de la fe. Ningún hombre lo puede hacer,
por más esfuerzos y maña que se dé. Es de otro orden, es
otra dimensión. Sólo el Espíritu Santo lo puede hacer. Por
eso, una experiencia viva y fuerte de esto significa entrar
en una dimensión donde los dones van a dejarse sentir con
profusión. Parece imposible esto, dado que en la
espiritualidad siempre ha habido que recorrer un fatigoso
camino para alcanzar la actuación de los dones. Sin embargo,
éste es un dato cierto en la Renovación y si se minimiza se
pone en peligro el grupo, que pronto deviene una simple
reunión de devoción. Los dones del Espíritu sirven para
facilitarnos y hacer sencillo el descubrimiento de un Jesús
vivo, haciéndolo presente en todo el discurrir de nuestros
actos. La Renovación es una prueba de que los dones del
Espíritu generan un cristianismo que debería ser normal, el
de todos los cristianos bautizados. Por desgracia, hoy, el
listón de la normalidad en la vida cristiana está sumamente
rebajado hasta puntos en los que apenas aparece ni la
presencia ni la necesidad del Espíritu Santo.
Jesús es el Señor
En la Renovación hay, pues, una revaluación
de lo sobrenatural, tan domesticado por la razón en estos
tiempos. Siempre que el Espíritu empieza a ser protagonista
se abren anchas perspectivas en la vida cristiana. La fuerza
y el poder de lo sobrenatural se hacen presentes. El
Espíritu se hace verdaderamente nuestro pedagogo para
llevarnos a Jesús, en el que se encierran todos los tesoros
con los que el Padre ha querido bendecir a los hombres.
Dentro de la espiritualidad de la Renovación
carismática, hay un punto que es necesario destacar: todo es
gratis, pero al precio de la sangre de Cristo. Por eso, el
hombre tiene que pasar por el bautismo y optar por
Jesucristo. Esta opción incluye un largo proceso de
purificación o sanación que se llama obediencia de la fe y
que se inicia cuando la gracia te lleva a someter tu vida al
señorío de Jesús. De esta forma, el poder del Resucitado y
Señor desalojará de nosotros el dominio de todos los demás
señores. Es una acción liberadora, pero en ella se van a
sentir conmovidos los cimientos del propio yo. El
sometimiento de tu vida al poder del señorío de Jesús va a
constituir el inicio del proceso de la santificación de cada
persona.
En nosotros, los bautizados, normalmente el
Espíritu está dentro. Pero el hombre viejo ahoga las
manifestaciones de ese Espíritu, o bien por el pecado, o
bien por una serie de complejos, bloqueos, resentimientos y
racionalismos. Entonces no se nota, no hay vida, no hay
santidad. Actuamos más por nuestros propios principios
humanos que por la fuerza del Espíritu. Cuando sometemos
este hombre viejo al poder de la Resurrección va siendo
evangelizado o sanado por parcelas y entonces vivimos con la
continua sensación de estar caminando. Hoy se te ilumina una
parcela de tu vida, mañana otra. De esta forma se vive con
la sensación de que alguien está sanando y guiando tu vida.
Me decía hace poco una chica joven que el Espíritu funciona
en ella al estilo de un microchip. ¿Qué es eso?, le
pregunté. «Un microchip, me dijo, es la unidad mínima de
conducción con el máximo de información. En un cabellito
superfino puede almacenarse toda la información de la
biblioteca nacional de Madrid. Lo único, que el Espíritu se
ahorra hasta el cabellito, viene directo. Cuando más
descuidada estoy recibo un máximo de información sobre un
punto que me deja parada».
La Renovación es una gran escuela y puede
producir verdaderos frutos de santidad. Como es de una
gratuidad tan fuerte y tan sorprendente es necesario que
haya auténticos maestros y dirigentes verdaderamente
experimentados, atentos al Espíritu, pero también con el
coraje de abordar caminos distintos y transitar por sendas
nuevas. Muchos de los esquemas, clichés y conclusiones
definitivas de la espiritualidad tradicional tienen que ser
seriamente revisados desde esta nueva experiencia que, al
fin, no es más que una renovación, pero tan poderosa que
parece todo nuevo.
Más de cien lúmenes
Hasta hace poco, mi parroquia estaba
iluminada por un antiguo y antiestético sistema eléctrico.
No estábamos a oscuras pero no había alegría ni luminosidad.
Ahora nos hemos decidido a cambiar ese viejo sistema. Nos
han puesto uno nuevo, no mucho más estético pero
esplendente, con unos potentes focos halógenos, indirectos,
que resaltan hasta los últimos rincones del templo. El
técnico nos decía: «Ustedes no tienen actualmente ni
cuarenta lúmenes, es necesario pasar a más de cien». El
lúmen es la medida básica de luminosidad, como el metro lo
es de longitud. Verdaderamente parece otra arquitectura.
Yo creo que la Renovación es un sistema
espiritual nuevo que puede iluminar a la Iglesia con más de
cien lúmenes, para que vaya pareciendo otra. Y lo puede
hacer porque ha vuelto a conectar con las fuentes verdaderas
donde se produce la energía espiritual. La vida cristiana o
es pascual o no sirve para nada. Como hemos visto, la
Renovación no nos ahorra ni la kénosis, ni la cruz, ni la
obediencia, pero las ilumina con la luz pascual del señorío
de Jesús. De esta forma comprendemos que todo tiene que
pasar por la muerte para ser vencido y resucitado, pero
todos estos temas vistos con los potentes focos halógenos de
la Resurrección parecen otros temas. Tus pesos, por los que
estás sufriendo ahora y que tal vez te están destrozando y
degradando como persona, han sido ya pasados por la cruz de
Cristo y sanados en su Resurrección. El Espíritu Santo te
hará conectar con este circuito para que experimentes, que
aunque tengas que pasar tu cruz y morir tu muerte, en
Jesucristo ya son gloriosas, con más de cien lúmenes.
Respetando la hondura del dolor humano y sus plazos de
asimilación, si la tristeza permanece en ti inconmovible, es
que no has conectado verdaderamente con la Pascua de Cristo.
Sigues medio a oscuras. En el cristianismo la dicha siempre
es más honda que la pena.
De esta forma comprendernos el talante
festivo de la espiritualidad carismática que, por otra
parte, despista a muchas personas. Algunos piensan que los
carismáticos son unos cantamañanas, frívolos y
superficiales, que se juntan por un simple instinto gregario
y se pasan el tiempo haciendo globitos. A veces he pensado
que en las cosas del Señor casi siempre se cumple aquello de
«para que viendo no vean y oyendo no entiendan» (Mt 13,13).
El cristianismo siempre tendrá un tinte de infancia porque
«de los que son como ellos es el Reino de los cielos» (Mc
10,14). Pero si te dejas guiar por el Espíritu –eso es la
Renovación carismática– descubrirás en tu propia historia
toda la tragedia que ha significado el pecado del hombre,
condensada en el rostro del Cristo crucificado, muerto y
lívido, pero en el que sigue brillando la esperanza.
La alegría de la gratuidad
Un compañero me decía un día semi en broma:
«tú, Chus, has sabido elegir bien. Como el trabajo y el
esfuerzo no te apasionan gran cosa, te has acogido a la
gratuidad y ahí eres feliz. No sé si todos los carismáticos
sois iguales, pero la ventaja que lleváis es que os lo
pasáis en grande». Yo traté de aclararle un poco el tema,
quise decirle que la gratuidad es el camino más duro que
puede escoger un ser humano, pero ya no me escuchaba.
Este es otro de los contenidos básicos en la
espiritualidad carismática. En ocasiones me he gozado en
percibir la Renovación como si fuera un zumo destilado
directa-mente de la Carta a los Gálatas: «Oh insensatos
gálatas –decía Pablo a aquellas comunidades de Galacia que
comenzaban a dejar de ser carismáticas– ¿quién os ha
embrujado? Sólo quiero que me respondáis a una cuestión:
¿recibisteis el Espíritu por las obras que habéis hecho o
por la fe sencilla en la Palabra?» (Gál 3,1). A Pablo se le
rompía el alma cuando aquellos paganos, hijos de la
gratuidad, no pudiendo soportarla por mucho tiempo y
azuzados por el incordio de unos judíos semiconvertidos,
empezaban a sentir la necesidad de justificarse por las
propias obras «santificadas» por la Ley.
La gratuidad es una flor delicada, muy
difícil de conservar. La culpabilidad humana nos inclina
pronto a la autojustificación. Es imposible aguantar. en fe,
en confianza, en espera larga. Ni Abrahán fue capaz de
hacerlo: la espera se le hizo tan larga que, por si había
entendido mal la promesa de Dios, tuvo un hijo con una
esclava. El ser humano se destroza en la espera de la fe. El
que aguanta queda purificado del todo, pues su yo deja de
existir. Entonces ya no vive él, es otro quien vive en él.
Dios nos ha dotado a los hombres de poderes y
facultades, tanto en el cuerpo como en el alma, que tenemos
que desarrollar. En el terreno humano nadie va a hacer por
ti lo que tú no hagas. Hay que fortalecer el yo, educar la
inteligencia, ejercitar la voluntad. Es necesario entrenar
el cuerpo, trabajar y esforzarse al máximo. De ello
dependerá tu personalidad, tu progreso y tu éxito. En este
terreno no hay gratuidad sino esfuerzo, previsión e
inteligencia. De ello va a depender la cultura y la
civilización humanas.
El problema se presenta cuando trasladamos
estas prácticas humanas al campo del Reino de Dios. Todas
las religiones naturales se basan en el esfuerzo y la
expiación. Tendemos a hacer propicio a Dios, a ganárnoslo
para nuestra causa. La gratuidad, por el contrario, se da
cuando es Dios el que toma la iniciativa, cuando nos ama
siendo enemigos, cuando nos salva sin haber hecho méritos.
Al hombre le es casi imposible aceptar esta perspectiva.
Quiere salvarse por sí mismo, por sus buenas obras; quiere
su justicia, no la que viene de Dios. El hombre es capaz de
cargarse con cualquier peso, asumir toda clase de exigencias
con tal de experimentar la «buena conciencia» del esfuerzo
realizado. Pero entonces dirá Pablo. «si somos buenos por
nuestras propias obras, ¿qué necesidad tenemos de
Jesucristo?» (Gál 5,2).
La gratuidad significa entrar en ocasiones en
una confianza total de que Dios te va a ayudar en los más
pequeños detalles, va a colocar a tu lado las personas que
necesites, te va a guiar por los pasos que tú desconoces.
«Pero eso es temeridad», me decía un día una mujer. ¿Sabe
usted, señora, le respondí, lo que es el don de piedad?
Gratuidad es un estilo de vida, la forma de vivir del hombre
nuevo. La Renovación quiere vivir la gratuidad al máximo.
Pero esto es un don, una gracia. El que no lo tiene ni lo
entiende siquiera. Piensa que es un asunto de vividores y
superficiales. Sin embargo, es algo tan impactante que te
obliga a responder no a una exigencia sino a un amor, a una
predilección. En uno de los momentos en los que yo vivía con
dureza el rechazo a trabajar en una Parroquia donde los
superiores me destinaron, oí en mi interior con la claridad
del Espíritu las siguientes palabras: «¿No eres capaz de
compartir conmigo el peso de esta gente? Para mí es fácil
elegir a otro. Tú verás». Este reproche me colocó en órbita.
Yo creía que era yo el que llevaba el peso de las tareas. No
me daba cuenta que era un predilecto al poder trabajar en la
viña del Señor.
Toda renovación tiene que volver a las
fuentes de la gratuidad o, si no, será un nuevo moralismo
por muy moderno que aparezca. Sólo en la gratuidad Dios es
Dios. Sólo por ella el hombre entra de nuevo en el paraíso
por los caminos de la obediencia. Esto significa que el
hombre renuncia a su autonomía, que vuelve a aceptar el
árbol como límite. A cambio, se abre al conocimiento y a la
amistad con Dios y puede conversar con Él desnudo,
acompañado por su mujer, también desnuda, todas las tardes a
la hora de la brisa.
El don de la fraternidad
Convivir es, en lo humano, la forma superior
de vida. La comunidad de fe es una gracia que dimana
directamente de Pentecostés. No es un hecho natural, ni una
conquista histórica, ni un producto cultural. Los hombres no
nacemos hermanos. Cada uno nace sometido al duro peso del
pecado que nos divide en razas, colores, lenguas, culturas,
sexos, nacionalidades e intereses. Sólo el Espíritu, sin
borrar las diferencias, nos hace hermanos y nos revela
nuestra hermandad en Jesucristo. Entra en nosotros un
principio superior de comunicación y, de esa forma, nace el
fruto más bello de la Pascua, que es la caridad. Esto no es
un simple amor de atracción o instintivo, hunde sus raíces
en el acontecimiento pentecostal. Es fruto del Espíritu.
Sin embargo, la caridad es amor. No se puede
ejercer desde la prepotencia, sino desde la pobreza. El
mismo Jesús tuvo que rebajarse, hacerse hombre Y cargar con
todos nuestros agobios para que entendiéramos su amor. Nada
nos hace tan humildes como el amor. Amar es decirle a otra
persona: te quiero, te necesito, no puedo vivir sin ti. En
este acto se pierde toda arrogancia y uno se hace humilde.
Lo mismo sucede en comunidad: la caridad que procede de
arriba te llevará un día a decirle a tus hermanos: os
quiero, os necesito, no puedo vivir ni morir sin hermanos.
Por eso, el amor mutuo es la prueba de que
hemos recibido el Espíritu Santo. Sin olvidar que la caridad
es algo más que una frase y que exige un largo proceso de
crecimiento. Cuando el Señor derrama con el Espíritu el don
de la fe en una persona, la empuja, la convoca
necesariamente a la comunidad. No puede dejarla sola, pues
la fe sólo crece y se alimenta en comunidad. La fe sin la
amistad, sin el compartir, sin la comunidad, se ahoga en sí
misma y el que la posee se hace un excéntrico que va
hablando solo por las calles. La fe sin comunidad nunca será
más que una ideología por falta de caridad.
En la Renovación, el don de la fe pascual se
cultiva con mimo, pues lo primero que te proporciona es una
comunidad donde puedas viviría. De ahí que la Renovación se
estructura en grupos. En ellos acaece lo que nos cuentan los
Hechos: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los
apóstoles, a la comunión y a la fracción del pan que partían
por las casas. Tomaban el alimento con alegría y sencillez
de corazón y alababan a Dios» (Hch 2,42 ss).
Es que la caridad y el amor mutuo se sacan
del altar donde se parte el pan, pues es allí donde se
celebra el misterio del amor. En la eucaristía Jesucristo
resucitado nos da el pan que alimenta nuestra comunión
mutua. Recuerdo muy bien el día que yo encendí en el
Espíritu esta gran verdad. Escuchaba una misa en italiano.
En un momento dado el sacerdote hizo alusión a que
Jesucristo resucitado estaba presente y actuaba allí. La
palabra «risorto» se me grabó a fuego en el alma. En la
espiritualidad carismática el Resucitado no sólo preside y
realiza la eucaristía, sino que cada uno de los actos y
reuniones quedan impregnados de un perfume de vida y
resurrección.
La alabanza
«Alababan a Dios»... Uno de los elementos más
populares y característicos que definen la espiritualidad de
la Renovación es la alabanza. Esta es un don pascual. Nace
del descubrimiento de que Jesús vive y te ama. Por eso una
asamblea en la que todos participan de esa misma vivencia no
puede expresarse de otra forma que con una alabanza fuerte y
ruidosa. Aquí hay algo más que una devoción: son vidas
cambiadas que han dado un vuelco cualitativo, las que gritan
la alegría de esa novedad.
Los gritos, los gestos, los abrazos, el
clamor de un campo de fútbol cuando mete un gol el equipo de
casa son una buena parábola para entender este misterio. Los
que no son aficionados no participan del entusiasmo y, a lo
mejor, hasta se ríen. Los aficionados, en cambio, están
profundamente motivados y gritan un alborozo digno de mejor
causa. Y eso que un gol no soluciona ninguno de los
problemas radicales de esos devotos aficionados. Una vez
salidos de ese encanto, de esa magia y alienación, se
encuentran de bruces con la dura realidad de la vida. Sufren
y gozan con su equipo y, de esta forma, sienten sensación de
vida.
La motivación para tales gestos en la
Renovación es real. Nace del alma. Si fuera un simple
contagio duraría nada. La experiencia del Espíritu es, casi
siempre, sorprendentemente fuerte. Y, sobre todo, personal.
Sientes que has sido elegido y amado tú. Entonces la
alabanza es una respuesta que suele variar según la
idiosincrasia de cada país o de cada individuo, pero que se
expresa con los gestos típicos de la alegría humana:
aleluyas, gritos, canciones, brazos en alto, danza, abrazos.
Cada uno reacciona según lo que tenga adentro. En un mundo
tan inhibido como el nuestro y con una teología tan
bloqueante y racional como la que se sirve al uso, estos
gestos no encajan. «Para rezar no hace falta tanto
alboroto»... dicen algunos. «Depende al Dios que lo hagas y
la motivación que tengas»... contestan otros.
Me espanto de la libertad que Dios me da,
decía Santa Teresa. Los hombres proyectamos la imagen de
Dios según lo que hay en nuestro corazón. De ahí que, a
veces, le hacernos duro, castrante, rígido, airado. Le
hacemos aliado de nuestras ideas, cómplice de nuestros
asesinatos, aval de nuestras frustraciones. Muchas cosas de
éstas se las trasmitimos a los demás corno dogmas. Pero Dios
es un ser inefable. Nadie ha visto su rostro. El único que
ha respetado a Dios, hablando de Él, ha sido Jesucristo.
Todos los demás hablamos de nuestro Dios. Cada atributo que
le asignamos nace, en gran medida, de una proyección. Si
decimos que a Dios le gusta el orden, es nuestro orden; si
le agrada la dignidad, es mi idea de dignidad. Tal vez no
podamos hacer otra cosa porque somos muy limitados; pero lo
que es aberrante es descalificar a los demás.
Dios es un ser muy libre y en Él caben todo
tipo de manifestaciones. Por eso, cuando sientes la oración
de alabanza como una liberación te das cuenta lo verdadera
que es. Sólo cuando te haces libre conoces lo inhibido que
estabas antes. Somos nosotros los que nos recortamos mil
libertades, los que nos cargamos de exigencias y los que nos
creamos multitud de tabúes. La alabanza en la Renovación es
liberadora, ensancha el corazón y da rienda suelta a
sentimientos siempre coartados por la estrechez de los
ritualismos.
Oración y contemplación
La Renovación se alimenta de oración. Las
reuniones y los grupos se llaman de oración y en ellos se
celebra en comunidad el amor de Dios. Un amor manifestado en
la resurrección de Cristo que se nos ha hecho vivo y
personal por el Espíritu del mismo resucitado. Pero además
de estas oraciones comunitarias, el carismático necesita
orar privadamente en casa, de camino, en el autobús, en
miles de ocasiones. Más que oración de petición es de
gratuidad, de reconocimiento y acción de gracias. Brota de
la necesidad de ir conociendo un poco más del Señor, de
saborear algo más de Jesucristo, de hacer más honda y vital
su experiencia. Es difícil que no brote la chispa de la
oración donde hay varios carismáticos reunidos. Es como una
forma de ser, un estilo de vida. Hasta las conversaciones se
alimentan del Señor y de lo que É1 va haciendo en cada una
de las vidas.
Desde fuera podría parecer beatería gazmoña.
Pero no existe tal cosa porque el carismático no lleva una
doble vida, no hay afectación ni cultivo de las apariencias.
El carismático ora culminando cada uno de los
acontecimientos de la vida. Goza profundamente de las cosas,
de la vida, del amor, de la diversión, de la naturaleza, de
la amistad y del compartir. Del Señor es la tierra y toda su
plenitud. Todo lo vive como don y por eso le brota la
alabanza. Se siente hijo de Dios al cual le pertenecen por
herencia todas las cosas. No siente la necesidad de
conquistarse un sitio en la casa a base de méritos y
esfuerzos sino que vive del asombro de las riquezas de su
Señor y Salvador.
Desde ese talante vital a la contemplación no
hay más que un paso. Un paso hondo y difícil que ha de
preparar el corazón para ser despojado. La contemplación
exige un despojo y despegue, pero no maniqueos. La
contemplación es una experiencia espiritual en la que una
vez despojada el alma de los apegos y protagonismo de las
cosas se hace apta para que Dios hable en ella. El agente y
guía de la contemplación es el Espíritu Santo y el contenido
es Jesucristo a través del cual se nos manifiesta la
Trinidad. Es un acto de amor sublime manifestado en
parábolas de amor humano. Es el Cantar de los Cantares.
La Renovación está llamada a culminar su
experiencia religiosa en una auténtica contemplación. Es
auténtica cuando alcanza el corazón de Dios sin alienarse de
la realidad del mundo y de los hombres. Conocer a Dios es
también compartir con Él el amor con el que ha creado todas
las cosas. En estas alturas los dones del Espíritu Santo
soplan en plena libertad de eficacia y fecundidad, entre
ellos el don de piedad que introduce a las criaturas en la
casa y familia de Dios.
El pecado
Es otro de los temas que cobra un talante
nuevo dentro de la Renovación en el Espíritu. En la
conciencia de casi todos nosotros se debaten actualmente dos
esquemas o formas de concebir la moral y, por lo tanto, el
pecado, que nos tienen bastante confusos. Siempre es difícil
llegar a una claridad pacificada en este tema porque éste es
uno de los campos donde más marcas y heridas nos ha dejado
la formación y los tabúes de las épocas y personas que han
intervenido en ella. La Renovación ha nacido para volcarse
en el hombre actual y es importante librarle de ciertos
fantasmas que pueden frenar su labor de presentar a nuestro
mundo y a nuestra gente una imagen renovada de Dios, de su
verdad y de sus exigencias. A esos dos esquemas podríamos
llamarlos del culto y de la caridad.
El culto
La moral que nace de aquí quiere llegar a
Dios a través del culto. La bondad y la salvación se
consiguen básicamente por medio de una religiosidad cultual.
Históricamente es una religiosidad de tipo sacerdotal,
ligada al templo y a determinadas prácticas y leyes. Hace
una distinción tajante entre lo sagrado y lo profano. El
pecado más grave que se puede cometer en esta perspectiva es
el de impureza, es decir, el que te impide participar en el
culto y, por lo tanto, relacionarte y estar a bien con Dios.
Hay acciones puras e impuras, pensamientos puros e impuros,
personas puras e impuras.
Otro de los rasgos de esta moral es la
preferencia de la ley sobre la conciencia personal. Funciona
con legalismos rígidos que señalan los distintos grados de
impureza. La fidelidad y el deber pasan por una sumisión y
obediencia estricta a este entramado de leyes. Para
conseguirlo es necesario una dura ascesis, fuerza de
voluntad, dominio de todas las tendencias. De esta forma,
esta moral se trasforma en una carga penosa para sus
devotos, pero tiene la contrapartida de que crea un orden,
cada uno tiene claro a lo que debe atenerse y tranquiliza la
conciencia, pues para los casos de trasgresión existen
determinados ritos purificadores. No es de un talante muy
positivo sino que más bien las formulaciones de los
preceptos son negativas, siendo básicos los tabúes, la
afirmación constante de lo prohibido, de lo intocable, de lo
que mancha y contamina.
Muchas de las personas que superamos el medio
siglo hemos recibido de lleno el impacto de este tipo de
pensamiento. Cada uno lo ha vivido como ha podido pero la
mayoría lo hemos considerado como un camino moral, único e
intocable. Ahora, sin embargo, vemos con asombro Y algunos
con escándalo, que muchos jóvenes, incluso los que quieren
ser buenos cristianos, pasan de muchas cosas de la moral que
antes se consideraban intocables. No les importa demasiado
perder la misa y espaciar o no recibir otros sacramentos, no
hacen aprecio del templo y de las devociones tradicionales
y, lo que es para muchos más escandalizante, el sexto
mandamiento no es primordial en su sentido del pecado.
La caridad
¿Caminan hacia alguna parte estas nuevas
tendencias? Comenzarnos por admitir que hoy existe un
tremendo permisivismo y relativismo moral, si bien éste no
es el asunto que nos ocupa aquí. ¿Se vislumbra algo de bueno
en esta anarquía moral? Yo creo que sí. Poco a poco va
emergiendo una moral con nuevas bases, de tipo menos cultual
y más profético, con fuerte arraigo también en la Palabra de
Dios. Los profetas siempre clamaron por una nueva moral:
«¿Qué me importan vuestros sacrificios? Estoy harto de
vuestros holocaustos y de la sangre que me ofrecéis. No
sigáis trayendo oblación y culto vano» (Is 1, 11-13). Jesús
recalca este reproche con otra fuerte afirmación: «Quiero
misericordia y no sacrificios» (Mt 9,13).
En la moral profética siempre es fundamental
la visión comunitaria. Dios no requiere primordialmente lo
puro o impuro sino lo justo o injusto. Por lo tanto, la
moralidad se refiere, sobre todo, a la vida y a las
relaciones entre los miembros de la comunidad. El pecado no
es, por consiguiente, una simple impureza que impide
participar en el culto, sino una rotura de comunión entre
los hombres que pone en peligro la caridad y la vida en
comunidad. La reparación del pecado no pasa, pues, por el
campo ritual primariamente, sino por un rehacer las
relaciones rotas y reparar las injusticias cometidas.
En esta perspectiva la ley pierde parte de su
rigidez sustantivo y adquiere un valor simplemente
instrumental. La fuerza moral no está en ella sino en la
experiencia del don, de la alianza y la comunión. Y
ahondando un poco más llegamos a la experiencia cristiana de
la libertad en el Espíritu que, en ocasiones, hace
prácticamente innecesaria la ley, pues la dimensión del amor
ha sustantivado todo el comportamiento.
Esta es una moral de formulaciones positivas
y de convicción personal. Es una moral que no tiende a
adquirir méritos salvíficos sino que descubre la acción de
gracias. En ella, por lo tanto, la conciencia individual,
sobre todo cuando está actuada por la gracia, cobra un valor
supremo.
La síntesis de la Renovación
Un día me confiaba un joven: «fui a una
discoteca y salí con una chica. No llegamos a todo pero hubo
cosas entre nosotros. Me siento degradado en mi persona y en
la persona de ella, porque no tenía intención de continuar
nada, no hubo cariño, no hubo respeto, sólo pura pasión. No
me vale el pensar que ella tuviera los mismos sentimientos y
que por lo tanto no quedara frustrada».
Siempre que hay una renovación profético se
mueve el eje del respeto y pasa de las acciones o cosas
sacralizadas a las personas. Todas las renovaciones realizan
ese ajuste. En este sentido Jesucristo fue total. La
Renovación carismática nace de un pentecostés cuyo contenido
básico es la experiencia de Jesús resucitado. De ahí brota
el Espíritu que es el que configura el comportamiento normal
del que ha tenido esa experiencia. Éste no deriva, en este
caso, de las exigencias sociales, de la ley natural o del
respeto a la naturaleza. Ningún joven carismático guarda
actualmente la castidad por consideraciones sociales o
filosóficas, ni siquiera éticas, sino por la Palabra de Dios
y la fuerza del Espíritu. En el afán racionalizador de los
últimos siglos hemos rebajado las virtudes a niveles
demasiado humanos y las hemos desacreditado. Es necesario
hacer de nuevo que las virtudes vuelvan a ser cristianas, no
simplemente éticas o naturales.
Tal vez el problema más grave de la moral
actual está en borrar los perfiles de las cosas. Todo da
casi igual. De este modo se diluyen las convicciones y queda
minada cualquier capacidad de entrega a una causa noble. La
Renovación reivindica la sobrenaturalidad del cristianismo.
El comportamiento cristiano consiste en «impetrar de Dios
una conciencia pura por la resurrección de Jesucristo» (1 Pe
3, 2l). San Pedro era iletrado y no sabía de éticas ni de
leyes naturales, pero conocía bien de donde manaba la fuerza
para ser mártir, para dar testimonio y, en general, para ser
cristiano. La perspectiva moral de la Renovación tiene que
ir en esa dirección: enganchar de nuevo, autentificar el
comportamiento cristiano en sus raíces primigenias. También
aquí es importante que surjan auténticos maestros. Sería
ridículo que la Renovación respondiera a un pentecostés
experimentado con una fuerte alabanza y acción de gracias y,
sin embargo, su moralidad estuviera comandada por viejas
normas cultuales e, incluso, por otras de tipo profético
pero de corte veterotestamentario. Aún sería peor, claro
está, si la fundáramos en consideraciones basadas en una
ética puramente natural, corno tanto se hace hoy, con el
consiguiente desconcierto ante la diversidad de concepciones
sobre la naturaleza. No, nuestro comportamiento tiene que
nacer de un corazón nuevo recibido del Espíritu de la
resurrección.
En este sentido la Renovación hace una
síntesis muy bella y crea un tipo de hombre libre y
desembarazado de viejos tabúes pero, a la vez, respetuoso y
entregado a un auténtico culto «en espíritu y en verdad» del
Dios que nos ha amado hasta el extremo en Jesucristo. De
esta manera, centra su moral en la comunidad, no sólo con un
respeto distante sino con un verdadero amor oblativo por
cada una de las personas. La altura de una virtud y la
gravedad de un pecado siempre se medirá, siguiendo la
tradición tomista, por su acercamiento o alejamiento de la
caridad. De ahí que la Renovación esté capacitada para
asumir las tendencias juveniles más arriba citadas, dándoles
verdadera luz, raíz y fundamento cristiano. Todo esto, claro
está, sin despreciar la ley y sus fuentes naturales y
reveladas, pero colocándolas en su sitio.
El juicio del mundo
Además de todo esto la Renovación tiene
muchas más cosas que decimos sobre el pecado. He leído, no
sé donde, que en cierto lugar había un párroco que
descuidaba más de la cuenta la limpieza de su iglesia.
Entonces habló con una buena mujer, ya entrada en años,
pidiéndole que le hiciera de sacristana y ama de casa. Se
fue a vivir con él. Los ocho primeros días limpió tanto que
logró que la casa de Dios brillara como el locutorio de un
convento. Pero el cura empezó a mosquearse cuando, al poco
tiempo, le obligó a él mismo a quitarse los zapatos y a
ponerse unas chanclas para entrar en casa. El día entero se
lo pasaba persiguiendo con saña la menor mota de polvo. Si
por ella fuera no dejaría entrar a nadie en la iglesia para
que Dios estuviera en un lugar limpio. No había manera de
serenaría. Al final tuvo que meterse en la cama con un
ataque de reumatismo articular. Los sofocos e impotencia de
la pobre vieja al ver desde la cama que las motas de polvo
seguían cayendo fueron tales, que terminó por fallarle el
corazón al sentirse totalmente derrotada. «Su equivocación,
comentaba el cura después del encierro, no estuvo en
combatir la suciedad, sino en querer eliminarla, como si tal
cosa fuera posible. Una parroquia se pone a veces
forzosamente sucia y lo mismo la cristiandad entera.
¡Cuántas paletadas de basura sacarán los ángeles el día del
juicio de los más santos monasterios!».
En la Renovación se combate el pecado pero no
con el talante de esa buena señora. La justificación que nos
ha traído la resurrección de Jesucristo nos ha capacitado
para no ser unos fanáticos ni unos fundamentalistas ni seres
que quieren eliminar el pecado. Al contrario, la Pascua dota
a todo verdadero cristiano de un corazón de perdón y
misericordia. Eso significa que tenemos que convivir con la
debilidad, aceptar la pobreza sin traumarse y suspender un
juicio que no nos pertenece. No sólo la debilidad de los
demás sino también la propia. Sólo donde existe aceptación
de la pobreza pueden brotar las bellas plantas de la
misericordia, del perdón y de la gratuidad. La
espiritualidad de la Renovación rechaza de plano ese
perfeccionismo de algunos que desearían que no hubiera
hombres para que el mundo fuera más limpio, más puro y
ecológico.
El mundo se vuelve limpio no eliminando a los
hombres sino salvándolos, como hace Jesucristo. Y esta
salvación, por parte de Jesús, ha consistido en clavar en su
cruz el mal del mundo y los pecados de la humanidad. Por lo
tanto, si ha asumido toda esta miseria el juicio del mundo
le pertenece a Él, no a nosotros que somos los reos.
Cualquier consideración, pues, del pecado del mundo y de los
hombres fuera de la cruz de Cristo es bastarda. Él lo ha
comprado esto a gran precio, nada menos que al precio de su
propia sangre. «Cuando yo sea levantado a lo alto, atraeré a
todos hacia mí» (Jn 12, 32). Desde esa altura, desde esa
atalaya mira la Renovación el pecado de este mundo.
Misericordia de uno mismo
No tenemos derecho ni de juzgarnos a nosotros
mismos porque lo hacemos sin amor y nos hacemos daño. La
persona se salva en Dios, no en sí misma. También nuestros
pecados le pertenecen al Señor. Para creerse esto y poder
vivir esta libertad interior, hay que ir conociendo el
corazón de Jesucristo, hay que asombrarse del exceso de amor
gratuito con que Él nos ama y hay que asumir que Él perdona
sin condiciones.
Yo vi muy claro esto un día. Después de haber
sido acosado en la parroquia por los mendigos que acudían
uno tras otro con duras exigencias, al final estallé y con
uno tuve una fuerte discusión. Comprendí que me había pasado
e incluso dado mal ejemplo a otras personas que lo
presenciaron. Me culpabilicé y lo estaba pasando mal. De
repente sentí como en un microchip que me informaba el
Señor: «Hay cosas que te sobrepasan y que tú nunca las
podrás hacer bien. La pobreza de los demás siempre te
superará. Eres así de pobre pero confía en mí». En ese
momento me entró una gran compasión y tuve misericordia de
mí mismo. Me hizo bien, me desculpabilizó. Comprendí que
tenía que entregarle mi comportamiento a Cristo. Me sentí
liberado de mi propia bondad y justicia. Y como todo este
lance sucedió junto a un bar, entré a echar un vaso de vino
para celebrarlo.
«Habéis sido llamados a la libertad, pero no
toméis pretexto de esa libertad para satisfacer las
apetencias de la carne» (Gál 5, 13). Si alguno hiciera esto
estaría fuera de lugar. No se trata de eso. Se trata de
reconocer la total gratuidad de Dios en Jesucristo. Se trata
de conocer y gozarse del inmenso e inabarcable corazón del
Señor. En definitiva, se trata de asombrarse y sacarle todo
el provecho al excesivo amor de Dios. Se trata de superar
radicalmente los planteamientos del hijo mayor de la
parábola, que no entendió la gratuidad del corazón de su
Padre. La fe consiste en vivir a costa de Jesucristo.
El peso del pecado
Al hablar del pecado no nos referimos a ésos
de personas endurecidas que conscientemente niegan a Dios,
se alejan de su Iglesia o rechazan con plena clarividencia a
otra persona, negándoles expresamente su caridad. Este es el
pecado contra el Espíritu Santo, cuyo juicio sólo a Dios
pertenece. Hablamos de esos pecados de debilidad que asaltan
continuamente aún a los que no quieren de ninguna manera
separarse de Dios. Estos pecados no sólo existen sino que
Dios permite muchas veces que hagan en nosotros un largo
recorrido y nos veamos agobiados y dominados por ellos. El
estipendio del pecado es la muerte y, en parte, nos viene
bien experimentar el peso de nuestra condición pecadora. «Ha
sido conveniente a lo largo de la historia de la salvación,
dice Tomás de Aquino, que Dios permitiera al hombre caer en
pecado, para que experimentando su debilidad, reconociera la
necesidad de la gracia» (I-II, 106,3c).
Yo, a veces, en la dirección espiritual,
cuando alguna persona busca obsesivamente confesarse para
librarse de un pecado, le digo: «espera unos días, aguanta
el peso de tu pecado». Y es que, en realidad, eres tú el que
te condenas, no Dios. Tú necesitas sacarlo fuera de ti,
buscas un acto de purificación, te confías a tus propósitos
aun a sabiendas del poco valor que tienen. No hay gratuidad
en este querer salir del pecado. Por eso, aguanta su peso,
el Señor te está queriendo ahí donde tú te rechazas. En el
agobio de la culpabilidad tú piensas: tiene que haber
alguien que pueda entender mi corazón hasta el fondo. Pues
bien, ése es Jesucristo y aquéllos que reciben ese don. Te
entiende hasta el fondo, a pesar del juego poco limpio de tu
corazón.
Pero lo más impresionante es que Jesús no te
juzga porque ya ha sido juzgado Él por tu pecado. Sólo
quiere que lo entiendas para que, reconociéndolo, sientas
sobre ti su amor, que te hará bueno. «En esto ha llegado el
amor a su plenitud en nosotros: en que tengamos confianza en
el día del juicio». «El amor perfecto expulsa todo temor» (1
Jn 4,17 y 18). San Pablo en una comprensión sublime de todas
estas cosas nos dice: «Ante esto, ¿qué diremos? Si Dios está
con nosotros ¿quién estará en contra? Si Dios no perdonó a
su propio hijo sino que lo entregó por Pero todos nosotros,
¿cómo no nos va dar con ti gratuitamente todas las cosas?» (Rm
8, 31).
No nos pertenece el juicio
Yo agradezco mucho que la Renovación nos haya
facilitado el acceder a la comprensión y a la vivencia de
unos contenidos tan espirituales y, por otra parte, tan
consoladores. No es lo corriente ni en la Iglesia ni en el
mundo actual, donde la culpabilidad consciente o larvada
corroe tantas actitudes, como si Jesucristo no, hubiera
muerto en realidad. Por eso, a la Renovación y a todos los
que lo entiendan, les es requerido un apoyo explícito y una
contribución valiente a esta obra de evangelización, es
decir, de buena noticia, que sólo procede del Espíritu
Santo. Dios no quiere ser un peso para nadie. El que pueda
entender que entienda.
Lo malo es que el demonio, por medio de la
culpabilidad, domina al mundo y engendra toda clase de
actitudes insolidarias. El que se siente juzgado, ¿cómo no
va a juzgar? ¿Puede cargar él con su culpabilidad y la de
los demás? Imposible. Juzgaremos a los demás, sentiremos
placer al hacerlo, pues en el inconsciente funciona el
argumento: los demás son malos, luego yo soy bueno. Si puedo
criminalizaré a los demás para sentirme yo liberado. Y si es
un sacerdote o una persona religiosa el que está bajo
sospecha, el placer de la murmuración se refina hasta lo
indecible: «Si el cura anda a peces, qué harán los
feligreses».
Sin embargo, ni puedes ni debes juzgar a
nadie. El pecado de tu hermano no le pertenece a él sino a
Jesucristo. No te es lícito interferir ese circuito que no
pasa por tu propiedad. Los dominicos tienen un número en su
Constitución que dice lo siguiente: «La trasgresión de un
fraile se debe sopesar por el perjuicio ocasionado al bien
común, y no por el pecado que tal vez lleve anejo» (Const.
55,1). Si una comunidad está amenazada por el comportamiento
de una persona debe defenderse, incluso a veces separando a
ese tal de la comunidad. San Pablo utilizó con un incestuoso
una pedagogía muy curiosa en Corinto: «Ese individuo sea
entregado a Satanás (separado de la comunidad y, por tanto,
bajo el poder del demonio) para destrucción de la carne, a
fin de que el espíritu se salve el día del Señor (y pueda
convertirse)» (1 Co 5,5). Pero esto no incluye ningún juicio
condenatorio de dicha persona, cosa que sólo le pertenece a
Dios.
Sanación interior del pecado
No es fácil llegar a la libertad interior aun
a personas que viven en cierta experiencia de gratuidad.
Alguno de los movimientos citados más arriba, o incluso
algunas personas dentro de la Renovación, no pueden librarse
de una especie de pesimismo luterano que condiciona su
libertad y alegría interior. Creen y proclaman a boca llena
la gratuidad de la salvación. Se sienten teóricamente
salvados. Oran agradeciendo a Jesucristo el don gratuito de
la vida que ha brotado de su resurrección, pero la alegría
de este don no les baja hasta los sentimientos ni trasforma
su cara. Existe en ellos como una desesperanza larvada
–pesimismo luterano– de poder salir algún día del pecado que
les domina. Se sienten salvados pero con una salvación
extrínseca, como se salva a un niño que ha caído en la
corriente de un río.
En este tema, como en otros, la Renovación
empalma con la gran tradición tomista en la que uno de los
atributos de la gracia es la de sanar como una medicina. La
gracia sanante ¿qué es esto? El pecado no es sólo una
quiebra legal o una rotura de equilibrios o una ofensa a
Dios. Es algo que deja en el hombre su marca, su reato, su
herida. Siempre ha dicho la Iglesia que aunque el pecado
esté perdonado el reato tiene que ser purificado en esta
vida o en la otra. El protestantismo no acepta el purgatorio
pues no cree en la sanación interior ya que para ellos la
naturaleza está corrompida y es insalvable. De ahí que la
salvación sea totalmente gratuita y extrínseca. La
Renovación, de acuerdo con la Iglesia, acepta la necesidad
de una purificación o sanación de los restos o estigmas del
pecado. La diferencia está en que la renovación ha eliminado
la connotación de castigo y subraya la acción amorosa de la
purificación o sanación interior por obra del Espíritu
Santo. Por esta sanación el hombre va siendo recreado,
liberado, trasformado en una criatura nueva. Por esta
sanación el hombre siente en su propia psicología y en su
propio cuerpo la bondad benéfica del señorío de Jesús
resucitado que libera al hombre del poder del mal
manifestado en el pecado original.
¿Cuáles son los frutos de ese pecado? El
estipendio del pecado del hombre es la muerte, dice la Carta
a los Romanos. La muerte y todo lo que lleva a la muerte:
caducidad, desequilibrio, enfermedad, sufrimiento,
resentimiento, opresión, pecado en toda su amplitud. La
Renovación actúa una fuerte praxis de sanación interior. En
todos los grupos hay un ministerio de sanación o intercesión
en el que se ora para que las personas vayan descubriendo
las raíces de su mal y de su pecado. El Espíritu Santo, como
un gran psiquiatra a lo divino, va iluminando las parcelas
de cada persona que necesitan ser sanadas para integrarse en
una personalidad redimida y apta para todo soplo y don del
Espíritu. Esta praxis es un ejercicio de creación de una
humanidad nueva.
También existe una praxis de sanación física,
pero ésta busca primariamente la razón de signo. Una
curación física, sin excluir nada, sirve sobre todo para
confirmar la predicación o la presencia del Señor en sus
sacramentos. La sanación interior es una predilección
personal. La persona que siente esa acción sanadora del
Señor se sabe querida, cuidada, protegida. De esa forma,
aunque la sanación interior a veces necesita quirófano y
cirugía, nunca se sale del ámbito del amor ni de la acción
benevolente de Dios. Y aunque la debilidad y el pecado se
hagan a veces recalcitrantes y parezca que no van a ser
expulsados nunca, no se pierde la esperanza en el poder de
Dios ni la alegría de saber que aún en esa situación uno
está en sus manos.
La espiritualidad de la Renovación siempre
marca un talante positivo. Devuelve a Dios el rostro de
Padre. Ha logrado superar las tendencias que empujan al ser
humano a la esclavitud y al miedo. Por eso uno se confía a
Dios como un niño, llamándole Abba, Padre. Tal vez este
mundo, hundido como nunca en la postración de la
culpabilidad y el pecado, necesite ver un rostro de Dios que
le acoja con el mismo abrazo con el que el Padre acogió a su
hijo menor, pecador y desagradecido pero, al fin, siempre
hijo muy querido. |