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El Don de Lenguas
"Es un Don de oración que nos capacita para orar a un nivel más profundo"
El P. Sullivan, jesuita de la
Universidad Gregoriana de Roma, después de un minucioso estudio de este
don, concluye: " La oración en lenguas de la comunidad de Corinto, igual
que la de hoy, es un hablar y cantar de modo ininteligible, que no se
produce por un éxtasis religioso. Aquellos que la practican la consideran
bienhechora en cuanto forma de orar. Estamos, pues, fundamentados cuando
afirmamos que este fenómeno religioso. del que constatamos hoy día una
reminiscencia, es el mismo del que nos habla Pablo en 1ª Cor. 12, 14. En
virtud de ésta conclusión, nos hallamos ahora mejor capacitados para
comprender por qué Pablo da gracias a Dios por este don y por qué expresa
su deseo de que todos pudieran recibirlo. Hoy , en efecto, millares de
cristianos pueden dar testimonio de los frutos que esta extraña manera de
orar y cantar produce en sus vidas. Para un gran número de personas ha
sido la llave que ha abierto la puerta de una nueva experiencia de Dios".
"El que habla en lenguas no habla a
los hombres sino a Dios" (1ª Cor. 1 4,2). Cantar en lenguas es un vehículo
para hablar a Dios, un medio para que el Espíritu ore en nosotros. El
canto en lenguas expresa sentimientos y pensamientos, pero en un sentido
global como las lágrimas o la risa. El Espíritu Santo se une a nuestro
espíritu, no lo sustituye. Se sirve de todos los recursos de nuestra
naturaleza. No es que, de repente, seamos dotados de una capacidad
milagrosa. El don consiste en dejarse interior y exteriormente con
sencillez, para que pueda brotar este lenguaje de niño. El canto en
lenguas se convierte así en el lenguaje de la alabanza, de una alabanza
integral, de todo el ser, en la presencia de Dios.
El dominico Vicente Rubio lo describe
formidablemente al darnos su testimonio:
" Hace ya mucho tiempo, cierta tarde
participaba yo, más como observador y crítico que como orante, en una
asamblea de oración, impropiamente llamada "carismática". Había más de
trescientas personas. De pronto me di cuenta de una cosa. Nadie de los que
cerca de mí estaban orando se expresaban en nuestro idioma castellano. Ni
siquiera oraban en voz alta, según costumbre, alabando intensamente a Dios
... ¡ CANTABAN ! ¡CANTABAN SIN SER CANTORES!. Y cantaban con una melodía
que en nada se parecía los cánticos antiguos o modernos. Lo más raro es
que cantaban con palabras desconocidas. Fue una música sublime, pura,
espiritual. Sólo Dios se dejaba sentir en ella.
Todo semejó a un orfeón gigantesco
que, sin perder su elevación divina, comenzó suave, siguió creciendo,
hasta alcanzar un clímax rotundo; al llegar a ese punto, era como una nota
o un acorde inmenso, poderoso y fuerte. Cielos y tierra, la Iglesia y la
creación entera cantaban al Dios infinitamente santo. O como si Dios se
cantara a sí mismo, humildemente, en su inmensa gloria y nos dejara
escuchar un rato aquí en este mundo la hermosura de su canción eterna.
Luego las voces fueron disminuyendo poco a poco hasta que, como sí un
invisible director de coro hubiese dado la señal de terminar, la asamblea
íntegra cesó de golpe en aquel maravilloso canto.
Me quedé perplejo. Porque los
numerosos integrantes de la reunión no eran cantantes profesionales ni
aficionados. Tampoco se trataba de ninguna canción conocida. Mucho menos
de una entonación más o menos identificable. Era una melodía nueva,
espontánea. La armonía misma, juzgada desde el punto de vista musical,
resultaba rica, por no decir riquísima. Recordaba de lejos las
composiciones sagradas alemanas, más armónicas que melódicas, llenas,
intensas. Nada pregunté sobre aquello. Dirigí discretamente mi vista a la
asamblea entera. Vi como toda ella se hallaba sumida en un recogimiento
profundo. ¡Imposible poner a tanta gente de acuerdo para canturrear tan
bien!. Además..., en su mayoría, aquellas personas ignoraban la música.
Tampoco había cancioneros ni partituras. Nada de estudio previo... ni
ensayos. Únicamente allí se percibía a Dios en su imponente grandeza y en
esa tremenda cercanía que El tiene para con nosotros, rebosante de amor.
Cuando regresé a casa, abrí la Biblia
para ilustrarme sobre lo que acababa de percibir. Leí el texto del
evangelio de San Mateo 26,30, único sitio donde expresamente se dice que
Jesús cantó: "Después de cantar el himno, se fueron (Jesús y los
apóstoles) al monte de los olivos". ¿Sería el canto que yo había escuchado
aquella tarde una participación del canto que Jesús entonó en la tierra y
sigue entonando en el cielo para alabanza y gloria del Padre por el poder
de Espíritu Santo?. Podía ser, pero aquel pasaje bíblico de San Mateo no
me ilustró demasiado acerca de lo que tanto me inquietaba. Leí Hechos de
los Apóstoles 16,25. Allí se relataba que estando Pablo y Silas presos en
la cárcel "a medía noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios ".
Quizás lo que Pablo y Silas cantaban a Dios se pudiera parecer a lo que yo
había oído en la asamblea aquella tarde, pero el texto sagrado tampoco me
aclaraba mayormente lo que anhelaba saber.¿ Qué hacer? Tratar de esperar
con paciencia, a ver si se presentaba una nueva oportunidad.
Pronto se presentó el día esperado.
Esta vez hallábanse a mi lado personas conocidas. Su voz y su gusto para
cantar no rebasaban los límites de lo común y ordinario. De repente,
cuando estábamos en oración intensa, sin nadie dar un aviso o una orden,
comenzó el canto con palabras desconocidas. Todo el mundo participaba en
él. A mi entender, resultó mucho más fino que en la otra ocasión . Un
juego de melodías y armonías tan extraordinarias se cruzaban por aquí y
por allá arrebatando el corazón y envolviéndolo en una atmósfera densa de
presencia de Dios, de calma del cielo y serena alegría de la tierra.
Aquello era verdaderamente una
sinfonía de voces que sólo podría estar inspirada y conducida por el mismo
Espíritu Santo. Al acabar el canto, indagué. La persona que a mi izquierda
se hallaba me dijo: "Sí, esto ha sido un canto en lenguas".
Di gracias a Dios, porque de nuevo yo había sido testigo del paso del
Señor por aquel lugar. Por suerte, un amigo acababa de llegar al sitio de
la asamblea en busca mía, porque necesitaba comunicarme una noticia.
Cuando salí a la puerta del local, el caballero se adelantó y me preguntó
qué coro era aquél, y cómo cantaba tan bien, quién los ensayaba, etc.,
etc. El se había quedado impresionado igualmente por el orfeón improvisado
e inesperado.
Aprovechando el paso por esta ciudad
de Santo Domingo de un notable biblista, graduado en la célebre Escuela
Bíblica de Jerusalén, hube de consultarle sobre el fenómeno. Entonces me
explicó que el canto en lenguas era una modalidad de la glosolalia u
oración en lenguas. La única diferencia con orar en lenguas consistía,
según él, que en el canto en lenguas el Espíritu Santo no sólo ponía las
palabras en boca de los fieles sino también la música.
Cuando alguien sienta que el Espíritu
Santo le impulsa a glorificar a Dios Padre por Jesús, el Señor, con un
canto en lenguas, si es en una asamblea, hágalo cuando el momento sea
oportuno para ello; si está a solas, hágalo siempre con toda la unción que
sea posible como si estuviera cara a cara en la Divina Presencia. Porque
es un canto de Dios para Dios. A su vez notará que su fe se acrecienta, su
caridad se intensifica, su esperanza de poseer a Dios vibra con fuerza, su
humildad aumenta. Al mismo tiempo, el gozo, la paz y el poder - sobre todo
el poder- para hacer lo que por nosotros mismos nunca seríamos capaces de
hacer por nuestro crecimiento propio y por todo lo que signifique ayuda y
servicio a nuestros hermanos. Entonces se perdonan las ofensas, se
aguantan mejor las burlas, se olvidan las distancias, las durezas se
suavizan y prodigamos el bien calladamente y con sencillez.
En mi criterio, el canto en lenguas
tiene un inmenso poder. El poder del Divino Espíritu tal como puede ser
canalizado a través de una criatura humana. He ahí un canto nuevo para
Dios. ¡ El único nuevo !."
(Vicente Rubio O. P. Relatado
en la revista Alabanza)
El canto en lenguas no es una sucesión
de notas ensayadas o una melodía compuesta. Es una irrupción espontánea
que, dejando a la persona libertad para cantar o callarse, impulsa
directamente a alabar al Señor. Cada persona canta con su voz, bonita o
no, con su propio timbre y su estilo particular. Sin embargo, el conjunto
muestra una impresionante acción del Espíritu, que va constituyendo una
unidad en la variedad de voces y melodías. El efecto es una música más
allá de lo medible o expresable y una paz interior suave y fuerte a la
vez. Solamente si se ha experimentado se puede comprender esta realidad.
El canto en lenguas es expresión de
amor y de adoración. Nace del profundo deseo de alabar al Padre y
manifestarle con especial amor el deseo de El. Es el Espíritu quien nos
impulsa a una alabanza más Plena. de manera que hasta el último rincón de
nuestro ser se pone en actividad.
Generalmente, el canto en lenguas se
hace presente en determinados momentos más propicios, de mayor profundidad
de oración. Es frecuente que el canto en lenguas surja al celebrar la
Eucaristía, particularmente en la Consagración y después de la Comunión.
En ambos casos es expresión de adoración, de encuentro pleno con Jesús.
Cuando termina el canto en lenguas sentimos la necesidad de un silencio
más o menos largo. En él adoramos al Señor, su Santa presencia viva y
vivificadora, y nos abrimos a sus mensajes.
El Ministerio de Música deberá estar
atento a la inspiración del Espíritu para llevar a toda la asamblea a este
encuentro completo con el Señor. Si comienza de una forma suave la
alabanza en lenguas, el ministerio de música puede empezar a sostener el
canto con un acorde y -quizá- después con una serie de acordes que inviten
a todos a continuar, intensificar y armonizar la alabanza. Ordinariamente,
el canto en lenguas no tiene ritmo (es melodía sin compás¿; pero, en
ocasiones, surge un canto en lenguas rítmico, como si el Señor nos diese a
todos una medida, la misma: la medida de la unidad en el Amor.
Diego Jaramillo, en relación con esto,
dice:
"Los instrumentos evocan, ayudan y
expresan en un canto en lenguas. Por ello, mientras alguien toca su
instrumento, también esta orando,- la música es su oración. Las cuerdas
vocales y las cuerdas de su guitarra pueden vibrar al unísono para el
Señor. Esto se hunde en la más genuina tradición cristiana."
Cantar en lenguas es un acto de fe; es
clamar al Padre poderosamente, desde el Espíritu Santo, para proclamar y
establecer -en cada situación- el Señorío de Jesucristo.
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