Seminario
en el Espíritu
Muchos hemos oído hablar
de la renovación carismática y como se extiende por muchos
países, hoy día esta en 144 países de todo el mundo, ¿porque
mientras las iglesias están vacías y muchas personas buscan la
paz la alegría el fervor fuera de ellas?. Mientras la
renovación convoca multitudes, se han dado retiros hasta de
30.000 personas, ¿donde está la fuerza que atrae a las
personas?, y que experimentan una nueva vida de gracia, que
conmueve corazones, y arrima a ellas hacia ese Dios que nos
ama con infinita misericordia?.
La respuesta es muy simple
la palabra de Dios, que se predica con la fuerza de Espíritu
Santo, que hace transformar vidas, salvar cuerpos y almas de
los hijos de Dios.
La renovación anuncia a
Jesús que está vivo, con la fuerza del Espíritu Santo.
Para conocer la renovación
nos hace falta probarla, recibir el bautismo en el espíritu,
que nos lleva a tener un encuentro personal con Cristo
Resucitado.
Nadie es capaz de
describir esta renovación carismática, es una fuerza que viene
del Espíritu Santo, Él la sostiene.
Muchos critican la alegría
y la espontaneidad de los grupos de oración, otros opinan que
exageramos que estamos locos, locos si pero por Jesucristo,
pero lo que está claro es que ningún movimiento religioso ni
nada parecido se ha extendido por todo el mundo, con la
rapidez que lo ha hecho la renovación carismática, habiendo
miles de grupo por todas las naciones, que se reúnen
semanalmente para alabar a Dios, dándole gracias, y
proclamándole Creador y salvador nuestro.
El amor de Dios
El centro y el culmen de
la experiencia del Espíritu radica en que Dios es amor y nos
ama con amor de Padre.
Tenemos que convencernos,
que solo el amor puede transformar este mundo corrompido por
la droga el alcohol el sexo, etc.
Y con amor se va a
santificar la Iglesia, Con amor cambiarán las estructuras
injustas, cambiará nuestro corazón y entonces Cristo reinará
en medio de nosotros.
La verdad del cristianismo
es que , Dios todo poderoso, creador del Cielo Y Tierra, es un
Padre amoroso que ha tejido la historia de cada ser humano con
el hilo conductor de su amor incondicional y eterno. " como se
apiada un padre de su hijo, así se apiada el de sus amigos"
(Salmo 103,13).
Dios toma la iniciativa.
En esto consiste el amor:
no en que nosotros hallamos amado a Dios, sino que Dios nos ha
amado a nosotros (1 Jn 4,10). Jesús manifestaba el rostro
misericordioso del amor de Dios. Cuando una persona se sentía
amada así, no podía resistir y cambiaba su vida.
Había una mujer cuya mala
reputación se había extendido por toda Galilea. Los hombres la
buscaban en la oscuridad del prostíbulo, pero la despreciaban
en la claridad del día. Quienes a ella se acercaban, la usaban
como juguete pasajero, caricaturizando el amor. Nadie la
amaba, ni ella tampoco amaba a ninguno. Sus afectos eran farsa
y mero interés comercial.
Pero un día llegó a su
vida un hombre que anunciaba el amor incondicional de Dios
para los pecadores. Ella creyó inmediatamente en EL y se
presentó en casa de Simón el fariseo, donde el Mensajero de
buenas noticias estaba reclinado en la mesa. Se acercó por
atrás y comenzó a acariciar los pies del Maestro. Ante la
admiración y el escándalo de los comensales, Jesús no la
rechazó como lo hubiéramos hecho nosotros; al contrario,
colocó cariñosamente la mano sobre la cabeza de ella.
Entonces empezaron a
correr abundantes lágrimas de ese corazón que no había
recibido sino desprecios.
Rompió luego su frasco de
alabastro donde guardaba un exquisito perfume de nardo puro, y
comenzó a ungir los pies del Señor.
Sin darse cuenta, por la
humedad de sus ojos,sus lágrimas también empaparon al Maestro.
Con su seductora caballera
que la había servido como instrumento para conquistar
clientes, comenzó a secar los pies bañados en lágrimas del
amor verdadero.
El Maestro no se resistía,
a pesar de las críticas de los que se creían mejores que ella.
A Través de esta
aceptación incondicional, ella experimentó el amor salvífico
de Dios.
Jesús le mostró cuánto la
amaba Dios y ,porque la amaba, le perdonaba y restablecía.
Esta experiencia del amor
que perdona cambió su vida, y fue capaz de transformar toda su
historia.
Dios toma siempre la
iniciativa es Él quien nos alcanza a nosotros.
Amor incondicional y estable.
"Vacilarán los montes, las
colinas se conmoverán, pero mi amor hacia ti no desaparecerá".
(Isaías 54,10).
¿ Puede acaso una mujer
olvidarse del niño que cría, no tener compasión del hijo de
sus entrañas?. Pues aunque ella lo olvidara yo no me
olvidaría. de ti (Isaías 49,15).
Cuando una persona se siente amada incondicionalmente por
Dios, no puede resistir tanta ternura, y toda su vida e
historia cobran sentido para poder recomenzar con un nuevo
nacimiento, no importa el punto donde haya caído.
Plan maravilloso para cada uno
Dios tiene un plan
maravilloso para cada uno de nosotros: hacernos pasar de las
tinieblas a la luz admirable, participándonos su vida divina,
para que vivamos desde ahora como hijos suyos.
Dios tiene poder para
realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que
nosotros podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa
en nosotros. (Ef.3,20).
La vida de alguien sólo
cambia y se transforma,cuando encuentra un amor incondicional
y permanente fiel.
Sin embargo, nuestro
corazón está hecho con sed de infinito y solo puede ser
llenado por el amor de Dios. Con razón, san Agustín afirmaba:
" Nos hiciste Señor para ti, nuestro corazón estará
insastifecho hasta que no descanse en ti".
Dios es amor y nos ama no
porque nosotros seamos buenos, sino porque el bueno es Él.
Dios no te pide tanto que lo ames, sino que te dejes amar por
Él. El ha tomado la iniciativa y antes de que tú puedas hacer
algo por Él, Él ya te amaba de manera incondicinal.
El amor no consiste en que
nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero
(1Jn4,10). El salmista nos reta, diciendo: " Probad y ved qué
bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él". Dios nos
invita a probar su amor y misericordia.
El pecado.
Fuimos hechos por y para
el amor. Sin embargo nuestro problema comienza cuando nos
alejamos de la fuente del amor, para seguir nuestros propios
caminos.
Quien se aparta de la
vida, no puede encontrar sino muerte. la peor enfermedad del
hombre se llama pecado, porque todo el que comete pecado es un
esclavo (Juan 8,34), cuya consecuencia lógica es la muerte (Rom
6,23), ya que todo aquel que siembra en la carne, cosecha
corrupción (Gál 6,8).
El pecado es como una
coraza que no nos permite experimentar el amor de Dios.
Básicamente consiste en creernos más a nosotros mismos y
nuestros medios, que a los caminos de Dios. Es una rebeldía
que nos lleva a independizarnos de Dios, y por tanto a no
experimentar su amor salvífico, pues nos separa de los demás y
divide nuestro interior. Más que hacer cosas malas o
prohibidas, se trata de una actitud de rebeldía frente a Dios,
alejándonos de su presencia y de sus caminos. " Porque todos
pecaron y están privados de la gloria de Dios" (Rom 3,23).
En cuanto a Adán y Eva,
que nos representan a cada uno de nosotros, se alejaron de
Dios, experimentaron su desnudez y fueron expulsados del
paríso, que simboliza la felicidad a la cual Dios nos había
llamado. El pecado es el origen de todos los males que aquejan
a la humanidad.
No podemos salvarnos por nosotros mismos.
No podemos salvarnos por
nuestras propias posibilidades y obras buenas. Nadie se puede
justificar por sí mismo. Se trata de una sombra, de la cual es
imposible separarse por las fuerzas humanas.
El ser humano está
profundamente incapacitado para alcanzar la vida eterna.
Herido por el pecado, no puede retornar al paraiso perdido. El
hombre no se puede redimir por sus propios medios.
El pecado es un gran
obstáculo, pero el peor problema es no admitirlo. Quien no lo
admite, no puede experimentar el perdón. Pero el que lo
reconoce, se dispone a reçibir la salvación, como lo podemos
ver en estos dos casos del evangelio.
Un fariseo y un publicano
subieron al templo a orar. El fariseo, puesto de pie al
frente, comenzó a jactarse de todas sus buenas obras,
declarándose mejor que el publicano que estaba arrodillado en
la parte posterior del templo, el cual se confesaba pecador y
solicitaba la clemencia divina. Jesús afirmaba que éste, y no
el fariseo que no sólo se sentía bueno sino mejor que el otro,
fue justificado por Dios.
El ladrón crucificado al
lado izquierdo de Jesús quería su salvación, pero en ningún
momento reconoció su pecado. Se quería aprovechar de Jesús,
pero sin aceptar que era pecador y merecedor de la muerte.
No se trata de sentirse
acusado de los pecados cometidos, sino de tener la absoluta
conciencia de la propia incapacidad para salvarse. Los hechos
mustran la verdad de lo que decimos.
Es andar por muchos
caminos , pero sin ninguna meta. No hay peor cosa que caminar
sin avanzar, y esas son las sendas de la perdición. Son
laberintos sin salida, que cuanto mas buscas, mas te
desesperas y te hundes en las arenas movedizas de tus propias
limitaciones. Que razón tiene Dios cuando se queja: "Me han
abandonado a mí, la fuente de agua viva para excavarse,
algibes agrietados que no retienen agua" (Jer 2,13).
Cada día estoy mas
maravillado de lo que el espíritu Santo puede hacer en
nuestras vidas, por el poder de la sangre preciosa de nuestro
Señor Jesucristo. El Señor se manifiesta en múltiple formas
cuando decidimos ponernos en sus manos.
Verdaderamente nuestro
Dios se muestra maravilloso con los pecadores que están
dispuestos no a pagar por su pecado, sino que se abren para
ser perdonados por el amor infinito de Dios.
El pecado es el origen de
todos los males que aquejan al mundo. Sin embargo el principal
problema es no reconocerlo, porque entonces no buscamos la
salvación, puesto que no creemos necesitarla. Por eso Jesús
aclaran a todos los que se creen buenos:" Si fuéseis ciegos,
no tendríais culpa; pero como decís que véis, seguís en
pecado" (Jn 9,41).
Así como el hijo pródigo
entró dentro de sí, reconoció el amor de su padre y decidió
regresar donde él, lo único que Dios está esperando es que
reconozcamos nuestro pecado, sin excusas ni justificaciones,
para perdonárnoslo.
Que simplemente le
digamos:
" Pequé contra tí y quiero
regresar otra vez a tu casa:..".
Quien se reconoce
necesitado de salvación está a la puerta de encontrarla. Así
como sólo se puede encender una vela si está apagada, así
también sólo puede brillar la luz de la salvación en quien
reconoce que está en la oscuridad del pecado y que necesita
esa luz.
Para concluir, diríamos
que sólo hay un pecado que Dios no puede perdonar: el que
nosotros no reconocemos y queremos excusar, el pecado cuyo
precio queremos pagar nosotros mismos con una buena obra. El
único pecado que Dios no perdona es aquel del cual nosotros no
le pedimos perdón.
Sólo basta confesarnos
pecadores delante de Dios, para experimentar el perdón
salvífico. Aceptar que somos incapaces de salvarnos por
nosotros mismos, y entregarnos como estamos en las manos de
Dios, que no quiere la muerte del pecador.
La salvación en Cristo Jesús
Nuestro Dios sale al
encuentro del hombre para redimirlo.
El está mucho más
interesado en salvarnos, que nosotros mismos.
Como ya entregó a su
propio hijo, no está dispuesto a que se desaproveche su sangre
preciosa, y entonces busca al hombre para traerlo a la cruz de
Cristo Jesús, donde ha realizado, de una vez para siempre la
salvación del hombre.
La causa del sufrimiento
del mundo entero está en el corazón del hombre.
La falta de amor es origen
de todos los problemas.
Jesús ha venido a salvar
al hombre completo. Él es la única alternativa cuando las
puertas se cierran. Solo Él puede hacer lo que resulta
imposible para los hombres. Cuando alguien ha llegado al
límite de sus posibilidades y ya no tiene solución su
problema, siempre queda una: La persona de Jesús. El señor
además de sanarnos del pecado nos da fuerzas para vencerlo.
Cambia el corazón del hombre y nos hace desear las cosas de
arriba en vez de las de la tierra.
Si recurrimos con Fe a Él,
el nos transforma nuestra vida, pues el vino para eso para que
tuviéramos vida y la tengamos en abundancia. Dios no quiere
que sus hijos vivan atados a las esclavitudes de este mundo.
Para ello nos envía la fuerza del Espíritu Santo, para que
seamos en Él, mas que vencedores en las batallas y luchas de
este mundo.
Como el hombre por su
pecado era incapaz de retornar al paraíso perdido, Dios tomó
la iniciativa y vino al hombre: " Tanto amó Dios al mundo que
dio a su único hijo, para que quien crea en Él no perezca sino
que tenga vida eterna.
" Y lo mas maravilloso es
que no lo envió a los justos y buenos, sino a los que
estábamos enemistados con Él a causa de nuestro pecado: " El
Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido" (
lucas 3,16 ).
Esta es la buena noticia
para todos los hombres: tenemos un buen pastor, capaz de dejar
noventa y nueve ovejas e ir a buscar la oveja perdida. Quien
viene a Él, no es echado fuera (Juan 19,10). ni condenado,
sino que obtendrá la luz de la vida, porque Él es el camino,
la verdad y la vida. En vez de castigarnos, ha pagado la deuda
que teníamos por motivos de nuestra rebeldía. Ahora ya estamos
en paz con Dios, pues nuestra cuenta fue saldada por la muerte
y resurrección de Cristo Jesús. El pagó en la cruz el precio
de nuestro pecado, y nos alcanzó el perdón de Dios por su
sangre preciosa. Por su muerte y resurrección, somos libres
del pecado y de la muerte. ya no pesa ninguna condenación para
los que están en Cristo Jesús.
Murió no solo por ti, sino
en vez de ti. El salario del pecado es la muerte (Romanos
6,23).
Jesús asumió esa muerte
que cada uno de nosotros merecía por su pecado, pagando por su
propia vida.
Sin embargo,Jesús no fue
enviado solamente a librarnos del nudo del pecado, sino ante
todo para comunicarnos la vida de Dios, para que viviéramos
como hijos y herederos de todas las bendiciones celestiales. "
Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia"
(Juan 10,10).
Al tercer día Dios
resucitó a Jesús de entre los muertos, para nunca mas morir.
Ahora como Pontífice soberano, ofrece su vida de resucitado a
todos los que crean en Él. Ha sido glorificado por Dios,
llenado de Espíritu Santo y constituido Señor. Lleno de poder
en el cielo y en la tierra, para que a su Nombre se doble toda
rodilla y se sometan las potestades celestiales.
Jesús posibilita la
salvación en cada ámbito de la vida humana. No existe una sola
persona que no pueda ser salvada. Su sangre preciosa alcanza
para todas las situaciones. Los tres casos siguientes del
evangelio representan de alguna forma diferentes necesidades
de la humanidad.
En la mujer adúltera Jesús
no le hace alusión de su pasado, tampoco la condena, ni ella
por su parte se siente condenada. Para ella hay un porvenir
totalmente nuevo y abierto: " Vete y no peques mas ". Su
perdón la capacita para nunca mas pecar.
El Rico Zaqueo, que cambia
su vida. Al que nada le faltaba excepto estatura, para el
llegó la salvación.
Le hizo ver que el hombre
no puede satisfacerse con las riquezas de este mundo, que hay
otra cosa mas transcendental que las cosa que podamos tocar o
contar: El Reino de los cielos. Zaqueo fue liberado de la
codicia y comenzó a vivir en justicia y paz con todos los
demás.
El ladrón arrepentido, lo
habían condenado por ladrón y asesino el mismo se consideraba
reo de muerte, pero recurrió a Jesús que estaba sufriendo el
mismo suplicio, y Jesús le dio la vida para siempre, le
reconcilió con Dios para la vida eterna.
en conclusión, podemos
proclamar la buena noticia de que hace dos mil años, gracias a
la muerte de Cristo Jesús, es posible experimentar la vida en
abundancia. Sin embargo, no se trata de una solución más, sino
la única: " No hay salvación en ningún otro, pues no se nos ha
dado a los hombres ningún otro nombre debajo del cielo para
salvarnos" (hechos 4,12).
En la cruz dio su vida por
nosotros y en su resurrección nos ha dado su vida a nosotros.
El misterio de nuestra salvación ha sido ya sellado hace dos
mil años en el calvario y en la tumba vacía de las afueras de
Jerusalén. Gracias a Él y por Él, podemos vivir en la vida
nueva de un hijo y de un heredero de Dios. A quienes estábamos
muertos nos repite: " Dios, rico en misericordia, por el
inmenso con que nos amo, nos dio vida juntamente con Cristo
(pues habéis sido salvados por pura gracia) cuando estábamos
muertos por el pecado, nos resucitó y nos hizo sentar con Él
en los cielos con Cristo Jesús (efesios 2,4-6). Dios ya
realizó lo que a Él le correspondía: posibilitar la salvación,
que para nosotros era humanamente imposible. Ahora nos
corresponde a nosotros aceptar y responder a esta propuesta
divina. Así como en el camino por el desierto, cuando el
pueblo de Dios se vio atacado por las serpientes, Moisés labró
una serpiente de bronce y la colocó en un mástil, para quien
la viera, no muriera por la mordedura de las víboras, así
también quien acepta que Jesús Salvador ya pagó el precio de
su redención, se expone a los rayos de su salvación que
dimanan de su muerte y su resurrección.
La fe y conversión
Esta fe, don de Dios, es
al mismo tiempo la respuesta a su iniciativa, que expresa: "
Sí te creo, y acepto cien por cien al que tú enviaste a este
mundo para salvarme". Es confianza, dependencia y obediencia a
Jesús Salvador, muerto y resucitado, que es el único mediador
entre Dios y los hombres. La fe es la certeza de que Dios va a
actuar conforme a las promesas de Cristo Jesús.
Por lo tanto la fe no es
creer en algo sino en alguien; y confiar en su promesa sin
límites ni condiciones. Tampoco es un asentimiento intelectual
a cosas que no entendemos, sino una dependencia de Dios y a su
plan salvífico. No se trata de un sentimiento, ni se mide por
la emoción. La total justificación la obtiene por Jesucristo
todo el que cree ( Hechos 13,38 ).
La fe es pues la respuesta
del hombre a la propuesta de la oferta de la salvación de
Dios. Es un modo de relacionarse con Él, mediante una entrega
sin condiciones, aceptando la salvación a través de Cristo
Jesús. Es una decisión total del hombre que envuelve su ser
entero y compromete toda su persona. La fe, pues nos conecta
directamente con la fuente de gracia y nos permite tener
acceso a la presencia divina, libres de todo temor al castigo,
porque ya nuestros pecados fueron perdonados y estamos en paz
con Dios. No nos salvamos por nuestra propia capacidad, sino
mediante la fe. San Pablo es enfático en este campo, afirmando
que no es el cumplimiento de la ley ni las buenas obras lo que
nos salva, sino la fe. Habéis sido salvados gratuitamente por
la fe; y esto no es cosa vuestra, es un don de Dios; no se
debe a las obras, para que nadie se llene de vanidad ( Ef
2,8-9 ).
Las obras buenas serán la
manifestación y expresión de la salvación. Su ausencia
demostrará, que no se trataba de una fe viva, sino muerta: "
Pero sabemos que nadie se justifica por las obras de la ley,
sino por la fe en Jesucristo; nosotros creemos en Cristo Jesús
para ser justificados por la fe de cristo, no por las obras de
la ley; porque nadie será justificado por las obras de la ley
" ( Gál 2,16 ).
Quien intente salvarse por
el cumplimiento de la ley o realizando buenas obras, no
necesita de Jesús como Salvador, ya que él pretende ser su
propio salvador. Por lo tanto la fe no es optativa. Es
absolutamente necesaria y de ella depende la salvación. " El
que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea se
condenará. " ( Mc 16,16 ).
Por eso, Pedro y Pablo
terminan con una invitación a creer para apropiarse de todos
los frutos de la redención: " Todos los profetas testifican
que el que crea en Él recibirá, por su nombre, el perdón de
los pecados" (He 10,43).
En concreto la fe nos
lleva a creer que ya fuimos perdonados y vivir como tales,
porque ya nuestra cuenta fue saldada y estamos en paz con
Dios. Ya no somos esclavos del pecado ni siervos de Satanás,
sino plenamente libres de toda prisión y atadura. Se viven las
primicias del Reino en nuestras relaciones con Dios, con los
demás, con la creación y con nosotros mismos, instaurando el
cielo nuevo y la tierra nueva.
La conversión
"Arrepentíos y convertíos
para que sean borrados vuestros pecados" (He 3,19). La
conversión no se limita a un cambio moral: Eso sería muy poco.
Es un cambio; no por nuestras fuerzas y propósitos, sino por
la fe que nos conduce a entregar nuestro ser pecador a Jesús y
compartir su vida de Hijo de Dios. Él comienza a amar, servir
y actuar en nosotros y a través nuestro. Entregamos a Jesús
nuestra vida, tal y como está, a cambio de la suya de Hijo de
Dios. Sobre todo le entregamos nuestra debilidad, nuestros
ídolos que lo han suplantado y renunciamos a toda rebeldía que
nos separa de Dios.
En la conversión cambiamos
nuestra vida por la de Jesús. Se le da la espalda al pecado,
pero sobre todo se le presenta la cara a Dios; o mejor dicho
se le ofrece el corazón.
Otro aspecto de la
conversión es el siguiente: vivir como hijos. Algunas personas
han centrado su cristianismo en estar alejados del pecado,
pero no tienen la alegría de vivir en fiesta, aun en medio de
las adversidades de la vida,
Cuando se habla de la
conversión de san Pablo, no se refiere a que haya dejado su
vida de pecado, pues sabemos que era un ferviente fariseo y
fiel cumplidor de los 613 mandatos de la ley judía. Saulo de
Tarso se convirtió de justo a hijo. A raíz de su encuentro
personal en el camino de Damasco, comenzó a vivir no tanto
como siervo cumplidor de los mandatos de su amo, sino como
hijo de Dios, con derecho a la herencia de todos los santos.
Todos necesitamos de la
conversión. De una nueva conversión. Por esta razón, cada
discurso Kerygmático, después de presentar a Jesús muerto,
resucitado y glorificado, siempre culmina haciendo una llamada
al corazón del hombre para que responda mediante la fe y el
arrepentimiento.
La fe se manifiesta en la
conversión, que es un cambio de vida.
Movidos por la fe que nos
da la certeza de nuestra victoria sobre el mundo, renunciamos
a todo pecado, idolatría y criterios de este mundo, para
someternos cien por cien bajo el poder del evangelio, que es
fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree. En estas
palabras se confiesa a Jesús como salvador y se le proclama
Señor.
Se confiesa a Jesús como
el único y total salvador de toda la humanidad, pero de manera
particular de cada uno de nosotros. , renunciando cualquier
otro medio de salvación que el mundo ofrezca. Proclamar a
Jesús Señor significa rendirse totalmente a Él, para que de
ahora en adelante Él tome el timón de nuestra vida y dirija
cada paso de nuestra existencia.
Innumerables casos del
evangelio, por no decir todos, manifiestan como una expresión
de fe desatan la acción salvífica de Cristo Jesús.
El ciego de Jericó, la
sirofenicia, el centurión romano, el paralítico, el padre del
epiléptico, etc. Sin embargo esto sigue sucediendo hoy día,
porque Jesús está vivo y tiene el mismo poder para cambiar las
vidas y los corazones de las personas.
Dice san Pablo: " Si
confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu
corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te
salvarás. Con el corazón se cree para la justicia y con la
boca se confiesa la fe para la salvación (Rom 10,9-10).
Jesús está a la puerta de
cada uno de nosotros y nos invita a participar con Él de su
vida nueva. Solo espera que le abramos la puerta. Él está
llamando. Ciertamente nunca va a forzar la puerta. Sólo
entrará si le abrimos voluntariamente.
Escucha hoy su voz. No
endurezcas tu corazón. Invítalo a pasar. No vas a perder nada,
sino tus cadenas y pecados.
Don del Espíritu
Jesús ha venido a traer
vida en abundancia, Pero Jesús murió y resucitó hace dos mil
años, por lo que es lógica la pregunta: ¿CÓmo se hace presente
la salvación de Jesús en el día de hoy?.
El Espíritu Santo es quien
hace efectiva dicha salvación, haciendo presente a Jesús. El
espíritu toca los corazones para que se abran a la Palabra de
la verdad. Él mismo llega al interior de cada persona, para
convencerla de ser pecadora y necesitada de salvación; y no es
nadie sino el Espíritu Santo quien hace presente hoy a Jesús
como el único Salvador y Señor.
el Espíritu Santo hace
nuevas todas las cosas al cambiar nuestros corazones de piedra
por corazones de carne. Él nos hace criaturas nuevas y
comienza a instaurar en este mundo el reino de Dios.
El corazón del hombre sólo
puede ser renovado por Dios, su creador. Nosotros podemos
mudar las apariencias y hasta las formas externas de vida.
Podríamos incluso cambiar de moral, pero el único que
transforma el interior del hombre para hacerlo criatura nueva,
es Dios mismo a través de su Espíritu Santo. Por eso una de
las últimas palabras de Jesús en este mundo a sus discípulos,
fue esta: " Os conviene que yo me vaya; porque sino me voy, el
defensor no vendrá a vosotros; y si me voy, os lo enviaré;
cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la
verdad completa" (Jn 16,7;15,26;16,13).
Se trata de un regalo
gratuito, que no cuesta nada, porque Jesús ya pagó su propia
sangre para conseguirlo para nosotros. Para beber del agua del
Espíritu que brota del costado de Jesús necesitamos dos cosas:
tener sed e ir a la fuente de la vida: " El que tenga sed, que
venga a mí; el que crea en mí que beba.
Eso lo dijo referiéndose
al Espíritu Santo que habrian de recibir los que creyeran en
Él". (Jn 7,37-39).
El don del Espíritu es una
promesa formal de Jesús que dijo:
" El cielo y la tierra
pasarán, pero mis palabras no pasarán".
Por tanto, estaba
garantizando que no podía fallar.
Cincuenta días después de
su muerte y resurrección, una vez que hubo ascendido al cielo,
cumplió la promesa que tantas veces había hecho a los suyos: "
Al llegar el día de pentecostés, estaban todos juntos en el
mismo lugar, de repente un ruido del cielo, como de un viento
impetuoso llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron
como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre
cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y
comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu les
movía expresarse ". (He 2,1-4).
Pentecostés es el
cumplimiento de la promesa del Padre. Los apóstoles ahora ya
cuentan con el abogado y Maestro que les revela la verdad
completa. Poseen el Espíritu de filiación que los libera del
temor y los hace hijos y herederos de todas las bendiciones
celestiales (Rom 8,17). Gracias al Espíritu Santo pueden
llamar Abba a Dios y Señor a Jesús de Nazaret (Rom 8,15; 1Cor
12,3).
Cuando Pedro proclamó la
victoria de Cristo Jesús sobre la muerte, la gente se quedó
admirada y preguntaba que debía hacer para participar de esa
vida en abundancia. El apóstol respondió: " Arrepentíos, y que
cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo
para el perdón de vuestros pecados; entonces recibiréis el
Espíritu Santo. Poque la promesa es para vosotros y vuestros
hijos, y también para todos los extranjeros que llame el Señor
Dios nuestro" (he 2,38-39).
Jesús es el Mesías, lleno
de Espíritu Santo, que es capaz de compartir su Espíritu con
cada persona. Cuando la samaritana bebió del agua que salta
hasta la vida eterna, inmediatamente cambió su vida. Si antes
dudaba sobre la identidad de Jesús, en cuanto probó el agua
viva corrió a su pueblo para testificar que acababa de
encontrar al Mesías. El único que nos hace identificar y
aceptar a Jesús como el Mesías prometido, es el Espíritu
Santo.
El evangelio hace presente
el poder del Espíritu, que es capaz de cambiar el mundo. La
ciudad de Corinto era tristemente famosa por sus depravaciones
morales. Favorecida por su centro comercial con dos puertos,
importaba y exportaba toda clase de maldad y de pecado. Sin
embargo, un día llegó Pablo de Tarso, débil, tímido y
tembloroso, pero con la manifestación del Espíritu, para
lavar, justificar y santificar a quienes creyeron en la buena
nueva de la salvación y cambiar por completo aquella
situación. Sólo el Espíritu renueva la faz de la tierra.
En resumen, la vida en
abundancia que Cristo vino a traer hace dos mil años, sólo se
hace presente gracias al Espíritu Santo, que es derramado en
los creyentes que han aceptado a Jesús como Salvador y lo han
confesado como Señor de toda su vida.
Sólo el Espíritu Santo es
quien puede producir en nosotros la vida nueva, pues es Él y
solo Él quien nos hace nacer de nuevo, para transformarnos en
criaturas nuevas en Cristo Jesús. Nadie puede ir a Jesús sino
es por el Padre, que da el Espíritu Santo para conocer a Jesús
no sólo en la cabeza, sino en la vida y con el Corazón.
La efusión del Espíritu es
la puerta más maravillosa que se le puede presentar a un ser
humano, pues es muestra clara del amor de Dios. ¿Qué debemos
hacer para recibir este don?. Basta con creer en Jesús y
reconocer que tenemos sed de esa agua viva que se llama
Espíritu Santo. Por tanto, acerquémonos con fe y pidámosle que
nos llene tanto de espíritu Santo, que nos inunde por dentro y
por fuera; como un bautismo que nos sumerja, o mejor dicho que
seamos sumergidos en Él.. De acuerdo a la necesidad de cada
uno, así se le dará.
A quien más necesite, mas
se dará.
Oración
Padre Santo, envía desde
el cielo tu promesa hecha a través de los profetas y que tu
hijo mismo se comprometió a enviar. Cumple la palabra que
empeñaste, y en la cual nosotros hemos creído, porque nos la
ha trasmitido tu Hijo, Jesucristo. Padre, Lléname de Espíritu
Santo, para que participe de la nueva vida traída por tu Hijo,
y pueda vivir como hijo tuyo en Cristo Jesús.
Señor Jesús, tú prometiste
que a quien se acercara a ti reconociendo que necesitaba del
agua viva que salta hasta la vida eterna, tú lo llenarías de
Espíritu Santo.
Yo necesito esa fuente de
vida eterna, que brota de tu corazón.
Estoy esperando con ansias
mi pentecostés personal: llenarme del espíritu Santo, con sus
frutos y carismas, para ser testigo con poder de tu
resurrección.
Yo me aferro a tu promesa
y creo firmemente que tú cumples tu palabra, porque eres el
hijo de Dios, fiel y misericordioso.
Yo tengo sed y creo que tú
estás lleno de Espíritu Santo, para compartirlo conmigo el día
de hoy.
Bautízame con tu Espíritu
Santo, Señor y dador de vida.
Espíritu Santo, en el
nombre de Jesús, ven a mi vida y dale sentido a toda mi
historia. Te abro las puertas para que entres hasta lo mas
profundo de mí y dirijas toda mi existencia.
Ven Espíritu Santo y llena
todo mi ser: mi cuerpo y mi alma, mi inteligencia y mi
voluntad.
La comunidad
No basta nacer a la vida
nueva. Necesitamos crecer hasta la estatura de Cristo, y esto
sería imposible sin la armonía de todo el cuerpo de Cristo.
La plenitud de la vida no
se vive en el intimismo o el egoísmo de la individualidad.
Sólo la experimentamos cuando formamos el cuerpo de Cristo
Jesús, donde cada uno tiene su lugar, su carisma y su
ministerio; sirviendo a los demás y siendo servido por el
resto del cuerpo.
El culmen de la
evangelización es la integración de las pequeñas comunidades,
donde el amor se hace obvio y se corresponsabilizan unos de
los otros.
La comunidad es el
desemboque lógico y normal de la evangelización. Es más,
formar el Cuerpo de Cristo no es opcional o facultativo. Es
imperativo.
" Porque así como en un
cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos tienen la misma
función, así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo
cuerpo en Cristo y somos todos miembros unos de otros" (Rom
12,4-5).
No basta el encuentro
personal con Jesús.
Es necesario encontrar la
totalidad de su cuerpo, que vive en los que invocan su nombre.
El encuentro con Jesús,
lleva necesariamente el encuentro con el hermano. El primer
mandamiento, amar a Dios, va unido al segundo: amar al
prójimo. La salvación, como la luz, es expansiva por
naturaleza. No se puede esconder debajo de la mesa, y se
comparte con los demás, especialmente con los más necesitados.
Jesús está presente en cada persona, que cualquier asistencia
o indiferencia frente a las necesidades del hermano, se
consideran hechas al mismo Jesús. (Mt 23,31-46).
Los convertidos,
bautizados y llenos del Espíritu Santo el día de Pentecostés,
integraron inmediatamente la comunidad cristiana. Apenas tres
versículos después de la narración de las primeras
conversiones, se nos certifica que nace la comunidad (He
2,42).
Para pemanecer con Jesús,
es necesario formar la comunidad cristiana.
En la comunidad se recibe
la enseñanza de los apóstoles, que comunican la doctrina de
Jesús.
Se participa de los bienes
espirituales y materiales. Se comparte por medio de las
oraciones la vida con Dios y con los hermanos.
Se reliza la fracción del
pan que es el culmen de la vida cristiana.
Nos iniciamos a la vida
nueva, gracias al nuevo nacimiento, pero es necesario crecer
hasta la estatura de Cristo Jesús, formando su cuerpo. Este
proceso está claramente representado en el evangelio: María
Magdalena fue liberad de siete demonios, pero luego Jesús la
integró a su comunidad, para restablecerla plenamente. Ella
prestaba sus servicios a la comunidad y esto la ayudó a crecer
en la responsabilidad, el amor y el servicio.
Jesús vino a este mundo a
enseñarnos como vive un hijo de Dios.
Después nos envió su
Espíritu Santo para capacitarnos a vivir como tales. Sin
embargo, no se trata de reproducir muchos Jesuses, sino de
formar uno solo: su cuerpo místico.
Se puede navegar solo por
los siete mares en una balsa de papiro, o hay quien se atreve
a escalar una alta montaña, solitario. Pero nadie,
absolutamente nadie, ha osado cruzar el desierto solo. Es
necesario la caravana de la comunida cristiana que nos ayuda,
impulsa y corrige, para llegar a la Tierra prometida. No se
puede crecer en Cristo de forma aislada. Necesitamos la unión
y comunión con todo su cuerpo, que es la Iglesia. El nuevo
evangelizado necesita formar parte de activa de la comunidad
eclesial, comprometerse en una pequeña comunidad donde pueda
seguir caminando y creciendo en la vida del Espíritu. El amor
dado y recibido es el alimento y la garantía de la vida nueva,
y el fruto que garantiza que el Espíritu de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones. La comunidad no es optativa,
porque es el ambiente donde se hace presente la salvación
ganada por Cristo Jesús y que el Espíritu Santo hace efectiva.
A cada uno corresponde
tomar la decisión vital de vivir el cristianismo de la única
forma que puede ser vivido: en la comunidad, renunciando al
individualismo espiritual yn formando el cuerpo de Cristo que
dijo:"Padre, que también ellos sean una sola cosa en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,21).
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