Diócesis de Lomas de Zamora - Buenos Aires  - Argentina

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COMO ORAR POR LA SANACION INTERIOR

 

A solas con Jesús

 

Visualiza a Jesús junto a ti, consciente de que El es tu Salvador en el sentido más pleno. El desea tu felicidad verdadera y duradera, y la ha merecido ya para ti. Juntos vais a recorrer tu vida desde sus comienzos has­ta el presente.

Hay que hacerlo sin prisas, para que su gracia cale muy dentro y llegue hasta las raíces mismas de tus conflictos. Así podrá El escribir la Historia de Salvación en tu vida.

Si es preciso, puedes hacer esta oración en el curso de varios días, cubriendo en cada sesión una etapa o aspecto de tu vida. Las oraciones que aparecen en los numerales siguientes te pueden ser de una gran utilidad.

Al orar por la sanación de recuerdos tú vas reco­rriendo mentalmente y en cierto modo reviviendo, tu pasado.

Te detienes en aquellos incidentes que te han marcado más o traumatizado profundamente, y con los ojos del cora­zón ves a Jesús presente en cada uno de ellos. Desde tu pobreza le ofreces tus recuerdos y experiencias doloro­sas, tus temores, angustias, resentimientos, culpabilidad y otros conflictos emocionales; le presentas también las zonas vacías y conflictivas de tu vida.

Ofrécele todo con una confianza ilimitada en su po­der, con un abandono total en su bondad. Pide a Jesús que lave en su preciosa sangre cada uno de tus recuer­dos dolorosos; que sane por sus heridas tus propias he­ridas; que llene con su amor y su fuerza tu propio va­cío.

Trata de visualizar a Jesús que en ese momento recorre tu vida pasada limpiando y sanando heridas, rompiendo cadenas, llenando vacíos.

Todo lo que tú ofreces al Señor, él lo acepta de buen grado y lo trans­forma en gracia. «Sabemos que en todas las cosas in­terviene Dios para bien de los que le aman» (Rom 8,28).

Dile a Jesús que le amas y deseas amarle cada día más, amarle y servirle en sus hermanos necesitados.

Dos personas que participaban en un mismo retiro tuvieron un sueño parecido en su comienzo, pero dife­rente en su conclusión. Un hombre soñó que se acerca­ba a Jesús con un enorme cesto conteniendo las cargas y preocupaciones de su vida. Lo dejó a los pies del Señor para orar. Terminada la oración, se cargó con el mismo cesto y salió. Una niña soñó que se acercaba a Jesús con su cesto de problemas y preocupaciones, y lo depositaba a sus pies para orar. Mientras oraba vio có­mo Jesús tomaba su cesto y lo arrojaba al mar. No vol­vió a verlo.

Una vez que has ofrecido al Señor tu pasado y tus recuerdos penosos, déjalos en sus manos, No des demasiadas vueltas a lo pasado. En nombre de Jesús con­jura a tus miedos, angustias, resentimientos... a que no vuelvan a tu corazón. «Para ser libres nos libertó Cris­to. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nue­vamente bajo el yugo de la esclavitud» (Gal 5,1).

Jesús te libra de la esclavitud a un pasado poco feliz, y abre ante ti nuevos horizontes llenos de luz y de esperanza. Vive de cara al futuro.

«Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. Así pues, todos los perfectos ten­gamos estos sentimientos. Desde el punto a donde hayamos llegado, sigamos adelante» (Fil 3,13-16).

Acepta en fe la presencia y la acción liberadora de Je­sús en tu vida, aún antes de sentir sus efectos. Dale gracias de corazón, canta y alaba su santo Nombre. La alabanza confirma y acelera el proceso de sanación.

 

Con un acompañante

Cuando necesitas sanación de recuerdos puedes compartir y orar con un acompañante, como los discí­pulos de Emaús. Dos discípulos de Jesús, tristes, abatidos, desorientados, se alejaban de Jerusalén y de la co­munidad, sin ilusión, sin esperanza. Su Maestro había muerto crucificado unos días antes; y ellos habían dado por perdida su causa. En el camino de Emaús se les juntó Jesús recién resucitado. «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais caminando tan tristes?» les pre­guntó (Lc 24,13-35).

Mientras le explicaban el motivo de su tristeza, ellos iban reviviendo su pasado; pero no solos. ¡Jesús estaba con ellos!

La presencia de Jesús que escucha con amor, que comparte la Palabra de Dios y explica el sentido del dolor, inicia en los discípulos un proceso de curación de recuerdos.

Cuando al fin de la jornada se les abren los ojos y reconocen al Salvador resucitado, se dan cuenta de lo sucedido y dicen: «¿No estaba ardiendo nuestro cora­zón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el cami­no?» Su tristeza y abatimiento se han disipado. De pronto se encuentran tan llenos de alegría, de ilusión y energía, que deciden volver aquella misma noche a Je­rusalén y compartir con la comunidad de discípulos su nueva fe en Jesús resucitado.

¡Cuántas veces se repite esta historia! Aunque invi­sible, Jesús resucitado acompaña a sus discípulos por los caminos de la vida, deseoso de aliviar sus cargas y sanar sus heridas.

Un modo de experimentar su acción sanadora es este: Toma un compañero y comparte con él, como lo harías con Jesús, algo que te preocupa. No es preciso que sea una persona de mucha experiencia; basta que tenga suficiente fe y amor para orar contigo. El Señor está presente en esa humilde confesión y ora­ción. El tiene muchas sorpresas para los que oran así.

 

Con un ministro o equipo

Puedes orar con el apoyo de un ministro del Señor, de un servidor del Señor, o de un equipo de intercesión, que te ayude a presentar tus cargas al Señor.

La función del ministro, del servidor o del grupo de intercesión es doble: aconsejar, e inter­ceder.

a) Primero el ministro, el servidor o el grupo de intercesión debe escuchar, discernir, orientar, alentar.

Todo ello exige tiempo, por lo que a veces se nece­sitan varias sesiones. También exige intimidad, por lo que en la mayoría de los casos una sola persona es más eficaz que un equipo.

El hecho de escuchar con amor y respeto, sin juz­gar, sin extrañarse, inicia ya el proceso de curación.

Cada persona es diferente; su historia irrepetible. No sirven, por tanto, los esquemas. Reconociendo su pro­pia pobreza, el ministro o los encargados de la oración buscan dirección de arriba:

«Muéstranos tu misericordia, Señor, y danos tu salva­ción. Muéstranos la clave de este problema, y qué de­bemos hacer para solucionarlo». Con la ayuda de arri­ba, y mediante el diálogo, evalúan el ambiente de fami­lia, escuela, trabajo; se aclaran situaciones; se descu­bren raíces ocultas, mentiras escondidas, rebeldías in­conscientes, y otros mecanismos de defensa.

El ministro o los encargados de la oración deben respetar momentos de silencio, co­mo también momentos de gran emoción y tensión. Ayudan a aceptar situaciones, a perdonar personas, y a veces a prepararse para una buena confesión. Aconsejan y orientan, pero sin exceder su campo.

b) La otra función del ministro, del servidor o del grupo de intercesión es orar o interceder. La intercesión puede ser más eficaz si se hace en equi­po. En una atmósfera de confianza total en Dios, y de amor incondicional al hermano, se van exponiendo a la luz sanadora del Señor recuerdos traumatizantes, preci­sando la edad y otras circunstancias importantes, como también las personas relacionadas.

Se presentan al Se­ñor zonas del espíritu y del alma no liberadas, heridas y sus causas, complejos y sus raíces, sentimientos ne­gativos y su fuente, y mecanismos de defensa.

En ciertos casos y en nombre de Jesús el ministro, el servidor o el equipo toman autoridad sobre una situación desesperada, un sentimiento incontrolable, o una enfermedad emocional persistente, y lo someten todo al señorío absoluto de Je­sús. Con la espada del Espíritu, la Palabra de Dios, tra­tan de cortar ciertas ligaduras invisibles del mal, como también una dependencia excesiva (de personas o co­sas), que cortan la libertad.

En todo caso lo importante es dejar que el amor de Dios se derrame sin trabas y sin límites, y que inunde a la persona por la que se está haciendo intercesión. «Dios es Amor, y quien permanece en el Amor perma­nece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Ahí es donde se encuentra la sanación, la liberación, la vida nueva: en ese Océano de Amor.

Un fenómeno común en este tipo de oración es el llamado «descanso en el espíritu». Es como una inun­dación de la gracia y amor de Dios, que causa una es­pecie de desfallecimiento corporal. Con frecuencia la gracia trabaja en alguna zona del subconsciente o del inconsciente, donde ocultan sus raíces la mayor parte de nuestros conflic­tos.

El Señor muestra su poder, amor y su misericordia de muy diversos modos en este estado de impotencia humana. «Que mi fuerza se muestra perfecta en la fla­queza» (2 Cor 12,9).

 

En una celebración

Finalmente puedes participar en una Eucaristía de sanación, en una convivencia, o en una celebración comunitaria donde se ora por la sanación de recuerdos.

En el silencio de tu corazón vas aplicando a tu vida concreta la oración que el ministro, el servidor o el equipo ofrecen. Esta oración es muy efi­caz cuando se hace con la debida preparación, y cuan­do existe en la asamblea un clima de reconciliación, amor mutuo y armonía; y una fe expectante, que no pone límites a la acción del Señor.

Jesús se regocija en la unión de sus discípulos. Su gloria se manifiesta y su poder sanador se hace sentir cuando los ve unidos en oración. «Padre, yo les he da­do la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado» (Jn 17,22s).

La sanación de recuerdos con frecuencia va acom­pañada de curaciones físicas. «Mire, Jairo» me decía una señora muy emocionada, mostrándome sus brazos. Yo la miraba un poco alarmado, porque no veía nada especial en sus brazos y ella no cesaba de llorar. Por fin pudo explicarme que llevaba varios años con una enfermedad de piel, resistente a todo tratamiento, y que después de la oración por la curación de recuerdos del día anterior, su enfermedad había desaparecido sin dejar huella.

Otra persona bastante miope rompió acci­dentalmente sus gafas durante esa misma celebración, y desde entonces no las ha necesitado, pues el Señor sanó sus ojos.

¡Bendito sea por siempre el nombre de Jesús! El tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, confor­me al poder que actúa en nosotros: el poder de su resurrección.

 

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