La terapia
del arrepentimiento
sacramento de la reconciliación
Sacramento
de sanación
La
verdadera sanación proviene de hacernos cargo de nuestros propios
problemas, no de culpar a otras personas por ellos. ¿ Pero cómo
podemos sobreponernos a nuestra tendencia a culpar a los demás? El
culpar a otros por nuestros problemas es una reacción natural pero
inmadura. Tenemos que aprender a comportarnos con madurez.
A veces los
adultos usan todo tipo de trucos para evadir la culpa, pero esto no
lleva a la sanación. Los programas seculares de autoayuda son buenos
para que la gente pueda asumir la responsabilidad por sus propios
problemas, y se decida a hacer algo para resolverlos. Sin embargo,
uno de los defectos de dichos programas es que dan la impresión de
que podemos hacer algo sobre nuestros fracasos y nuestros problemas,
sin ninguna ayuda. Es decir, que si solo tuviéramos más fuerza de
voluntad y pensáramos de una manera más positiva, podríamos
sobreponernos a todo. Tristemente la mayoría de nosotros no podemos
hacerlo; necesitamos ayuda.
La persona
madura se da cuenta de que sus problemas le pertenecen a ella y que
solo hay dos personas que pueden ayudarla. La primera es ella misma
y la segunda es Jesucristo. Como resultado, la mejor terapia y el
mejor modo de resolver los problemas, es aprendiendo a decir "lo
siento" a un nivel más profundo.
Cuando nos
confesamos recibimos una excelente dosis de terapia interior. La
confesión ayuda y el perdón verdaderamente nos hace mejores
personas. Hay tres áreas problemáticas en nuestras vidas que podemos
incluir en nuestra confesión. Generalmente hemos sido enseñados a
pedir perdón solo por lo que hemos hecho. Sin embargo, también
podemos pedir perdón por lo que hemos dejado de hacer y por las
cosas que nos han hecho.
Cuando
incluimos en nuestra confesión las cosas que hemos hecho, estamos
dando un primer paso enorme para dejar el comportamiento inmaduro de
culpar a los demás. Cuando confesamos no podemos culpar a otros;
admitimos nuestras faltas y se las presentamos a Dios. Quizás sea
cierto que cometemos pecados debido a emociones confusas o por
circunstancias que están fuera de nuestro control. Todas nuestras
acciones y decisiones surgen del complejo estado de nuestro corazón.
Dios lo sabe y comprende todo esto. En lugar de analizar todos esos
factores, El quiere que simplemente nos presentemos ante El, le
digamos el mal que hemos hecho, y le dejemos a El el resto. Cuando
presentamos nuestros problemas y pecados externos al confesar, la
gracia de la absolución entra profundamente a nuestras vidas y mata
las raíces del pecado...
A veces me
olvido de confesar las cosas que he dejado sin hacer, pero quizás en
esa área de mi vida es donde he cometido los pecados más grandes. Lo
que hemos dejado de hacer es el símbolo de todo lo que podríamos
haber sido en el plan de Dios. Si solo pudiéramos ver una mínima
parte de la gloria para la cual fuimos creados, nos daríamos cuenta
hasta qué punto hemos fallado. Fuimos creados para ser los hijos e
hijas eternos del Rey de la Gloria; hermanos y hermanas de los
santos y coherederos con Cristo. Dios quiere que nosotros seamos
totalmente sanados algún día, y que brillemos con la l luz de
Cristo. Al ir a confesar debemos recordar el gran potencial que Dios
nos ha dado a cada uno de nosotros. Entonces nos daremos cuenta de
que nuestra falta de amor y nuestra tibia devoción a Dios, es el
mayor problema de nuestras vidas.
Recuerdo
que un hombre llamado vino a verme. "Tú siempre nos estás diciendo
que perdonemos a los demás"- me dijo. "Sin embargo, ¿qué hace uno si
no puede perdonar a alguien?" "A quién no puedes perdonar?" - le
pregunté. Me contestó : "Mi amigo, era mi socio en el negocio y mi
mejor amigo. El año pasado me enteré de que no solo me estaba
robando la mitad de mi parte en el negocio, sino que además mi
esposa me estaba siendo infiel con él. Le odio y no puedo dejar de
odiarlo."
Cuando
estaba hablando recordé un verso bíblico : "¿ Quién puede personar
los pecados sino solamente Dios?" De pronto me di cuenta de que es
imposible que podamos perdonar a alguien, contando solo con nuestras
propias fuerzas.
Por tanto,
cuando acudimos a confesarnos también debemos de hablar de todo lo
que nos han hecho. No lo hacemos para culpar a la otra persona, sino
para pedirle a Dios las fuerzas para perdonar. En el Padre Nuestro
decimos : "Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a
los que nos ofenden." Pero quizás debíamos de interpretar esa frase
del Padre Nuestro de la siguiente manera : "Perdónanos nuestras
ofensas, a la misma vez que perdonamos a los que nos ofenden." Con
esto en mente llevaremos al confesionario lo que nos han hecho
nuestros padres o maestros hace años, o lo que nos hizo ese mismo
día nuestro jefe, nuestro cónyuge o nuestra familia. De este modo,
al confesar nuestros pecados también podemos confesar nuestra
incapacidad para perdonar, y pedirle a Dios que Su perdón fluya a
través de nosotros, hacia aquellos que nos han hecho daño.
Es así como al pedir perdón en el sacramento de la reconciliación,
este tiene un poderoso efecto sanador en nuestras vidas. En lugar de
culpar a nuestros padres, nuestros maestros o a las circunstancias o
los factores sociales, nos hacemos cargo de nuestros propios
problemas y los traemos ante la presencia de Dios para pedirle Su
ayuda. Cuando lo hacemos, la sanación que ocurre es poderosa y real;
llega hasta las raíces de nuestros pecados, nos fortalece para hacer
lo que debemos hacer, y llega a aquellos que han pecado contra
nosotros. Recuerdo que una vez me dijo un viejo sacerdote : "La
confesión es un sacramento simple, humilde y lindo; es más eficiente
que la psicoterapia, más rápido y menos doloroso." y guiñándome un
ojo añadió : " Y es más barato también."